PROCESO CONSTITUYENTE Y DIÁLOGO CIUDADANO: LA NECESIDAD DE HACERSE ESCUCHAR.

 

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El fin de semana recién pasado se desarrolló el cabildo provincial en nuestra comuna, pudiendo ser testigo del mismo y de todos los procesos implícitos en ésta “vía constituyente” ofrecida por el oficialismo.

Ni siquiera ofrecida la palabra en función del debate y en medio de las presentaciones, ya las personas tomaban en serio la pregunta acerca de ¿qué lo motiva a participar de esta iniciativa? Y las respuestas iban todas entorno a la necesidad de hacerse escuchar, a que el país actual no recoge las inquietudes de la gente como motor de las políticas públicas; donde todos se designan como intérpretes de la voluntad de las personas; representantes objetivos de la realidad de quienes viven con acceso limitado a salud, educación y vivienda; y por supuesto, a merced de las manoseadas e insuficientes jubilaciones.

Sin duda, cuando estos sujetos hablan de lo que la “inmensa mayoría desea” no interpretan más que sus propias pretensiones disfrazándolas de un apoyo invisible y muchas veces inexistente, por lo que las personas participantes del cabildo provincial sentían, muchos por primera vez, que su voz se hacía escuchar y tenía eco en sus pares y de cara a los gobernantes.

Por lo mismo, la jornada se desarrolló en un tenor agridulce. Enterarse en el momento, que el proceso no era vinculante – es decir, que el Estado, no se encuentra obligado a tomar en consideración lo que se diga en éstas reuniones – era frustrante de forma inmediata, la gente quería que lo que se diga ahí no solo sea escuchado, sino que tenga una repercusión real sobre el futuro del país y su carta fundamental.

A pesar de esto, se siguió adelante con el debate, surgiendo puntos de encuentro a pesar de las diferencias entre los asistentes entre los que había trabajadores agrícolas, estudiantes, profesionales, empresarios y jubilados, quienes veían un vacío tremendo en lo que me atrevo a reducir a una palabra: dignidad.

La sensación de que existe un sistema configurado a propósito para denigrar al ciudadano es reiterativa, salud ineficaz, educación limitada y pensiones que suenan a limosnas. Sin contar con lo que a mi juicio fue un transversal acuerdo: la administración del agua y los recursos naturales.

Conforme avanzaba el debate, en la estructura propuesta por los organizadores, los participantes comenzaron a ofuscarse. La “maqueta” presentada, los tiempos limitados, lo forzado de los conceptos a debatir hacían mella en lo que se suponía una instancia para expresarse libremente, sobre todo cuando las intervenciones de los asistentes tenían mucho de autobiográfico, contaban anécdotas de su vida, que al principio podrían parecer fuera de lugar, pero al contrario, era una catarsis por vidas enteras vividas a merced de las injusticias sociales que encontraba su respaldo en una constitución antojadiza y violenta.

Por ello, al terminar la jornada, recogiendo las conclusiones, la gente se sentía provista de un alegre desánimo, contradictorio por cierto, pero justificado. Por un lado, alegres de poder hacerse oír y haber aprendido conceptos nuevos, aportando con sus convicciones y saberes, mientras por otro, preocupados de que su opinión no sea tomada en cuenta. Por ello intercambiaron teléfonos y correos electrónicos para seguirse reuniendo, estaban maravillados por poder compartir ideas, debatirlas y construir puntos comunes. Comprendiendo que la cultura cívica va más allá de lo que pueda orquestar un gobierno o un partido político y que la política es un acto permanente del que los ciudadanos son dueños. Se reúnan o no, el mero entusiasmo es valioso.

Finalmente, el diagnóstico es claro: se necesitan instancias de participación directa de la gente en la política, reduciendo los intermediarios, los representantes, los voceros. Lo meritorio del proceso constituyente, a pesar de ser solo un ejercicio sin mayores pretensiones, es abrir un espacio de reunión. Es necesario que las personas pierdan el miedo a expresar su opinión, sin mordazas, sin represalias, sin miedo a “equivocarse”. Es alentador saber que poco a poco ese rumbo se retoma, una política del ciudadano, consciente y dispuesto a hacerse escuchar.

PUESTOS DE CONFIANZA Y LA APOLOGÍA A LA INOPERANCIA

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Como bien sabemos, hay determinados cargos públicos y jefaturas de servicios que dependen de la exclusiva confianza de algunos personeros políticos, y la importancia de estas funciones está dada por un profundo celo que éstos políticos deben tener a la hora de elegir a las personas más idóneas para cumplir los objetivos de dichos trabajos.

Lamentablemente, la regla general es que una vez más las instituciones son minadas por pobres criterios de elección, dado que la “Confianza” se malentiende en toda su amplitud. Un puesto de confianza debe ser elegido porque se confía en que la persona tiene las competencias necesarias para llevar adelante un trabajo de excelencia, no porque se confía en el sujeto para contarle un secreto o porque pertenece al mismo partido político. La confusión en estas razones – es preferible pensar que se debe a confusiones que a elecciones libremente negligentes – es lo que motiva a que prolifere la falta de habilidades en puestos que son claves para el desarrollo de las comunas y las regiones.

La crítica no es gratuita, y para comprender el fenómeno debemos tomar en cuenta las motivaciones de elección de los puestos de confianza, por ejemplo ser moneda de cambio para pagar favores políticos; tributos de las alianzas entre partidos que se unen para elegir un candidato que acomode a los miembros de la alianza; salvar la cabeza de alguien que ha cometido un error garrafal y para ocultarlo se les traslada a un puesto de confianza en otra comuna, a mi juicio la peor de todas las motivaciones; o simplemente el clásico y despreciable uso del “pituto”. Si esto lo sumamos a que el área de competencia de muchos elegidos ni siquiera se acerca a las funciones que tienen que desempeñar, por ejemplo, un profesor de historia encargado de un departamento de salud, o un doctor en un departamento de educación, nos damos cuenta que cada vez que se reformulan estos estamentos hay que partir de cero y no porque el nuevo “jefe” traiga novedosas formas de enfrentar los problemas de las instituciones, sino porque hay que capacitarlo completamente en las funciones que tendrá que desempeñar y eso siempre será un ancla de retraso.

Para empeorar las cosas, la ineptitud en los puestos de confianza hace que los funcionarios que se desempeñan en los servicios en cuestión terminen siendo dirigidos torpemente en sus actividades, quienes muchas veces, tras años trabajando en base a conocimientos adquiridos por la experiencia y capacitaciones, se sienten confundidos, presionados y estresados por decisiones poco prácticas o de plano ridículas, ya que se confunde adaptación con capricho y como a pesar de aquello son los jefes, poco o nada se puede hacer para frenar el desmembramiento de las dinámicas de trabajo.

La solución no es fácil para encontrar una salida a la desbordante ineficacia encontrada como regla general – pues bien sabemos que generalizar no es sano – nos quedan solo dos vías, la primera es hacer el llamado, aprovechando lo receptivos que pueden ser los candidatos en estas fechas, a proponer en sus equipos de trabajo personas capacitadas para enfrentar los desafíos de sus funciones, servirse de curriculums potentes, pero también de confianza en su capacidad ética, en su historial de desempeño, más allá de los números, la empatía con los funcionarios a su cargo, y todas esas habilidades blandas que sin ser requisitos formales, son de gran ayuda si esperamos mejorar el ejercicio de nuestras entidades políticas; mientras que la segunda, es el llamado a la ciudadanía, a exigir, a proponer y vigilar que sus candidatos, cualesquiera sean éstos, se muestren resueltos al proponer éstos equipos de trabajo, pues nadie puede gobernar o dirigir en soledad y mucho de los proyectos políticos que puedan parecernos interesantes a la hora de las campañas, no serán íntegramente realizado por quien sale en las fotografías de la propaganda, sino en gran parte por quienes estén detrás, por convicción o conveniencia para ser elegidos en los puestos de confianza.

La responsabilidad, como en todo ámbito político, es compartida entre quienes se postulan y entre quienes los eligen.

ÉTICA Y LEGALIDAD: EL MÍNIMO NO ES SUFICIENTE.

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   Todos sabemos que la ley existe para imponer criterios mínimos sobre cómo el individuo debe comportarse en un entorno social. Es un límite para que todos tengamos la oportunidad de desarrollarnos sin pasar a llevar al que está al lado. Sabemos también que no es posible exigir a las personas más que esos mínimos: detenerse en ante un signo PARE, no robar, pagar una pensión alimenticia. No obstante, muchos olvidan que existen designios superiores a la mera legalidad a la hora de desenvolverse en sociedad y aunque sea una generalización torpe, para efectos de éste punto lo llamaremos: ética.

   La ética, definida en los términos más generales posibles como el deber moral de actuar de buena fe o lo que es más amplio, pero aún más claro: hacer el bien, es una necesidad en el actuar del individuo que asume su importancia para permear el mundo de bondad.

  El caso del diputado Andrade y su esposa es un fiel reflejo de la incapacidad de los “servidores públicos” de ver más allá de la mera legalidad, utilizándola incluso como un subterfugio para respaldar actuaciones impropias: El diputado se ve involucrado en la votación de una norma que permitía que su entonces esposa obtuviera una millonaria pensión. Él y nosotros sabemos que no era ilegal que él votara, pero ¿era ético? La función de un parlamentario es representar a sus territorios, y velar porque la legislación sea lo más transparente posible. Entonces pudiendo abstenerse de votar, decide hacerlo de igual modo, generando inmediatamente la duda de si lo hizo pensando en su deber como legislador o por el interés personal en los beneficios que le reportaba la creación de la ley en cuestión.

  Como decíamos al principio, al común de las personas podemos exigirle que actúe conforme a la ley, pero los representantes de la gente deben ser intachables, la ética es fundamental, es un requisito sin el cual no es posible entender la dignidad de un cargo tan importante. Es por ello que la esposa del citado no puede salir, solo cuando el tema sale a la luz pública, a decir “que le da vergüenza” y el diputado no puede decir “esto no es ilegal” como argumento. Sobre todo, si tenemos en cuenta el deprimente escenario de las pensiones en Chile, donde la desigualdad de una pensión de setenta mil pesos con una de más de cinco millones no basta con ser calificada de vergonzosa.

   Lamentablemente, el nefasto paradigma político actual hace eco de casos como éstos todo el tiempo. Suficiente material hay con mencionar el caso SQM, PENTA, Corpesca, Dávalos y el recién destapado escándalos de financiamiento irregular del diputado Ivan Fuentes, que hasta hace unas horas se consideraba uno de los pocos representantes honestos del panorama legislativo, solo por tener en cuenta a los más bullados, que dan cuenta de la crisis de las instituciones republicanas que pasa por permitir que personas pobremente calificadas para detentar la representación de los ciudadanos, accedan a los cargos públicos, donde se abusa de su influencia, se aprovechan de leyes mal construidas para obtener dineros de empresas que condicionan sus votaciones en el Congreso; conseguir posiciones de poder para familiares y conocidos, sin respetar los mínimos criterios de meritocracia, o concretar negocios abusando de información privilegiada. Lo anterior sin que sea en rigor ilegal, pero no por ello debería considerarse aceptable pues la probidad[1], la ética, no pueden alejarse de su labor, ellos no son personas a las que deba exigírseles el mínimo, deberían – y digo deberían porque sabemos que desgraciadamente no es así y eso es culpa nuestra al no tomarnos en serio nuestra labor cívica – ser los mejores.

   Finalmente, la ética es una palabra sencilla pero poderosa, que todos deberíamos incorporar a nuestro lenguaje y al diario vivir, porque si bien ninguna ley nos va a castigar cuando  se cometen ciertos hechos, deberíamos preguntarnos si somos éticos cuando abandonamos a un perro que fuera nuestra mascota a la calle, a su suerte; cuando nos hacemos parte de un rumor que sin saber su certeza, perjudica a otra persona; cuando mentimos en un informe social para obtener un beneficio económico que no ha sido creado para nosotros.  Si hemos de exigir que los demás se comporten a la altura, hagámoslo también, no se detenga en el signo PARE por miedo a un parte, deténgase para evitar que alguien salga herido. Esa es la diferencia entre la ley y la ética.

[1] Incluso la actual Constitución Política de la República establece en su artículo 8° el llamado Principio de Probidad constitucional señalando “El ejercicio de las funciones públicas obliga a sus titulares a dar estricto cumplimiento al principio de probidad en todas sus actuaciones” o lo que es lo mismo, hacer primar el interés general sobre el interés personal, cuestión dudosa en los casos expuestos.

Chiloé: las excusas ya no son suficientes.

 

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      Cuando las empresas salmoneras justificaron miles de despidos por el brote del virus ISA desde el año 2009 hasta el 2015, enfermedad causada principalmente por el mal manejo de los contaminantes que surgen de esta actividad, las autoridades simplemente se conformaron con disponer vagas declaraciones respecto a hallar soluciones al problema del desempleo y apoyar a las empresas en búsqueda de formas de recuperar la industria salmonera.

    La justificación a las paupérrimas fiscalizaciones en torno a los residuos de ésta industria, así como las evidentes irresponsabilidades que permite la actual ley de pesca sobre el manejo de los recursos del mar, siempre ha sido bajo el demagógico recurso de fomentar la inversión, como necesidad imperiosa de un país que depende de ésta para construir una imagen de desarrollo que una vez hilamos medianamente fino se cae a pedazos, casi como el ecosistema marino de la Región de Los Lagos.

    La crisis actual – que comenzó hace meses, pero ha sido suavizada por la ligereza de una prensa carente de vocación e incapaz de demostrar las capacidades mínimas de operar como cuarto poder – ha sido justificada por autoridades e industriales a través del fenómeno natural de la marea roja que, si bien se ha manifestado en múltiples oportunidades en las costas chilenas, sería la primera vez que alcanza los ribetes catastróficos que se han mostrado hoy.

    Teniendo en cuenta que algunos expertos en la materia[1] deducen que las circunstancias actuales no obedecen únicamente a una situación natural, sino que la principal causa serían los desechos de la industria salmonera ha ido vertiendo en los mares del sur de forma constante es necesario asumir que lo estamos haciendo mal.

    Fueron arrojadas 39 toneladas de peces muertos al mar, y las autoridades declaran que se respetaron los criterios internacionales al permitir dicho vertido a 75 millas de la costa, lo que en principio precavería cualquier daño medioambiental considerable: un craso error.

    La ingenuidad con la que se ha lidiado con el tema es grosera – asumiendo que no son desidia, corrupción o ineptitud las condicionantes – puesto que los requisitos de sustentabilidad no se cumplen en los parámetros más mínimos, y el resquicio de la generación de empleo también es pobre puesto que las condiciones de trabajo son mediocres y los salarios exiguos.

    Después de eso, y que las consecuencias las tengamos a la vista, el ejecutivo ha ofrecido un bono de $100.000.- por familia afectada, lo que otra vez deja en evidencia que, así como con la ley Longueira, los más perjudicados son las personas más pobres, los pescadores artesanales, los recolectores de orilla y quienes han sido despedidos por las salmoneras, pues aquellas han abaratado todos los costos posibles, exceptos los que permanecerán por largo tiempo en nuestro país luego de que los inversionistas cierren por fuera: la contaminación.

Por otro lado, las protestas y enfrentamientos que en este momento se libran en las calles del sur, muestran la caricatura de un Estado que ofrece migajas con una mano y sostiene el martillo en la otra en caso de que estas no sean recibidas, poniendo de manifiesto que hemos llegado al punto en que debemos repensar nuestro futuro y el “modelo de negocios” que el país está formulando.

    Si vamos a pagar con nuestra estabilidad medioambiental las inversiones y los puestos de trabajo a la larga no tendremos recursos naturales que explotar y esas inversiones y puestos de trabajo desaparecerán igualmente.

    No existe justificación alguna para este harakiri que nos estamos haciendo como nación pues el “pan para hoy y hambre para mañana” no puede reemplazar el lema de nuestro escudo, a pesar de que estemos abandonando “la razón” como motor de nuestras decisiones y perdiendo “la fuerza” para hacer lo que se necesita para parecernos al país desarrollado que con tanta ansiedad clamamos ser.

[1]  Dra. Beatriz Bustos “La industria salmonera volvió a olvidarse que trabaja con seres vivos y está tomando decisiones en función de la productividad” http://goo.gl/gpYZtq

Ley a la carta: “dibujando un Chile más corrupto”.

 

 

   El año 2013 cuando Longueira iba por el sillón presidencial hizo un simpático spot animado en el que hablaba sobre la ética social y el intercambio de ideas para igualar las oportunidades de la gente.

   Hace unos meses en medio auge del caso Caval hizo eco su nombre y sus declaraciones arremetieron para señalar la tremenda infamia que era ser vinculado a un caso de corrupción como los que coleteaban (y aun lo hacen) al oficialismo.

   Hoy, con los antecedentes puestos sobre la mesa sobre los intercambios de correos entre Longueira y Contesse – ex gerente de SQM – en que el segundo remitía al primero un párrafo completo para ser incluido en una ley de royalty minero, no solo una sugerencia, sino el párrafo completo, redactado y afinado, el cual fue ingresado al Congreso donde finalmente se aprobó, dejan en evidencia una de las más morbosas vulneraciones al Estado de Derecho, en que los poderes que componen la fuerza de un país, son eviscerados por la corrupción, el dinero y el total desprecio por las personas que día a día sostienen con su trabajo los ejes de nuestra sociedad.

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Así, estos atentados al país de parte de quienes otrora rasgan vestiduras y promueven penas más altas para los “delincuentes”, que les encantaría que las policías tengan las atribuciones de derribar las puertas de los sospechosos de cometer los delitos más inanes, y que en realidad construyen fortunas e influencias a costa de una democracia que se vuelve inverosímil e inviable, se convierten en un “portonazo institucional” que no solo nos quita el vehículo de la democracia que pretendemos manejar en paz en las calles de una sociedad más igualitaria, sino que somos burlados y golpeados con la alevosía de quienes saben que no tendremos luego policía a la que recurrir, porque los llamados a ser los catalizadores de esa supervigilancia son ellos mismos. Lo que hace resurgir la pregunta ¿quién vigila a los vigilantes?

   Ahora es el momento en que la necesidad de una verdadera “mano dura” se hace patente, cuando la impunidad no es opción pues, aunque para la ley no hay conclusión apresurada que valga (y curiosamente Larraín prefiere llamar en este caso a la prudencia), cuando el poder legislativo padece de tal brecha solo queda el criterio de las personas para enfrentarse al veneno de la corrupción que rebosa en las bases de nuestra institucionalidad. De otro modo, cualquier pretensión de una sociedad de iguales en dignidad y derechos se vuelve una ingenuidad inaceptable.

     Es en esta parte, en este delgado reducto de libertad en que nos toca decidir, no votar por los mismos, de plano no votar y manifestarse, o como tercera vía siempre está en nuestras manos volverse cómplice del abuso votando por alguno de los innumerables Longueiras que infestan las cúpulas de poder dibujando así “un Chile más corrupto”.

Macbeth o el espíritu marketing

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    Ver la nueva película basada en el clásico de Chaquespeare (como gustaba ridiculizar a mi profesora de lenguaje) hace renacer, o más bien volcarme de lleno a un tópico con el que lidiamos día a día y es frecuente en mis cavilaciones: la codicia sin control.

   Algunos filósofos o teólogos sugieren que el ser humano es en sí mismo bondadoso y cooperativo, pero que los elementos condicionantes externos (como lo puede ser un trauma) lo conducen al lado oscuro de la psique.

   Si asumimos la premisa de la naturaleza bondadosa del hombre, deberíamos extrapolarla a la sociedad que, como emanación del gregarismo propio del sapiens, comparte los mismos atributos, pero hoy hemos visto como la comunidad está siendo devorada por una codicia de tonalidades tan diversas como los intereses de los sujetos.

   ¿Cuál es la raíz de esta contaminación de la naturaleza humana? Así como Lady Macbeth contamina a su esposo con la semilla de la ambición, somos amenazados constantemente con estímulos que inciden en formas bastante enfermizas en nuestra percepción de las necesidades y expectativas que forjamos del mundo.

   Las brujas predicen que Macbeth será rey. Mientras la publicidad nos muestra a una persona más exitosa, más feliz y realizada tras adquirir cierto producto, persona que podríamos ser nosotros. Con ello se desencadena una vorágine de anhelos y artimañas, perturbadoras de muchas maneras, con el asesinato como herramienta perfecta. En nuestros días el clásico endeudamiento masivo. El homicida sigue escalando en su camino de muerte hasta que la culpa libera la psicosis irresistible, en la que incluso Lady Macbeth, catalizadora elemental del conflicto, se muestra impotente y asombrada de los ribetes que toma el asunto al punto que enferma de muerte. El consumo cuando se detiene por exceso de deudas se convierte en una crisis para el individuo, pero si se generaliza, se convierte en depresiones económicas, como la recesión que hoy experimenta China, amenazando los mercados del mundo. Tras la muerte de su esposa, el rey Macbeth queda solitario, infeliz y derrotado, totalmente ajeno a la promesa de esplendor que veía en el oráculo de las brujas que prometieron su reinado. Nosotros, vemos que gastarse todo en la extravagancia que nos ofrecía la publicidad no nos hizo más felices a la larga; y al final…

                                                …Solo queda la muerte.

Cooperar versus competir: un preludio a la crisis de la colusión.

   Hemos sido educados en el nido de la competencia, programados como predadores que rastrean y dan casa a una presa escasa y escurridiza, cuyo sabor está destinado solo a quien deje atrás al resto: el éxito.

   Esta precaria visión del éxito basado en lo que podríamos denominar “el efecto del rey de la montaña”, pues solo uno puede estar en la cima, ha convertido nuestra sociedad en un cubil de hipócritas y oportunistas anhelantes de la posibilidad de hincarle el diente a tan esquiva gacela.

   No obstante, desde tiempos inmemoriales muchas corrientes han planteado la cooperación como un motor esencial del desarrollo humano. A la luz de nuestros orígenes evolutivos como mamíferos gregarios, pasando por la polis, hasta llegar a los más sofisticados constructos corporativos de vanguardia, que pretenden alejarse de la voracidad imperante para generar espacios más amables con quienes comparten un entorno social. Pero ésta no es la regla general, seguimos olvidando el factor colaborativo en pos de la refriega permanente y son estos aspectos quienes colisionan constantemente y nos empujan a decidir por un camino u otro según las circunstancias.

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   La causa de este olvido es la concepción neoliberal de la competencia como motor del progreso y la eficiencia económica, promovida en nuestras escuelas o programas televisivos en que se reza que los mercados se autoregulan y la oferta y demanda son el abecé de la fórmula perfecta para la paz social.

   Ahora bien, desde el conocido dilema del prisionero, en que la colaboración – en desmedro de la codicia – permite un beneficio general y constante para todos los involucrados, hasta visiones académicas de renombre como la “sociedad gilánica” de Riane Eisler y los postulados de la Escuela Matríztica encabezada por el Dr. Humberto Maturana, han sostenido que la cooperación es la única vía – o al menos la más eficaz a la larga – para que nuestra especie pueda progresar y en definitiva, salvarse.

   Curiosamente, la conclusión tras la sencilla contextualización del problema propuesto en el título se defiende por aquellos que en sus seminarios desprecian la colaboración (cuando involucra a personas ajenas a sus reductos ejecutivos) como si ésta fuera el sumidero de una cofradía de holgazanes: los grandes empresarios chilenos. Éstos, que lejos de desgastarse en competir y dejar que la fórmula mágica del mercado, impuesta al resto dogmáticamente, opere, deciden cooperar entre ellos de forma hipócrita y violenta. Se coluden y maximizan sus ganancias despojando a la gente del principal beneficio que el mercado debía proveer, que era un precio “competitivo”, en uno de los más morbosos ejemplos de colaboración y que, a la larga, a pesar de los juicios que se siguen en su contra, se ha demostrado que la colaboración es sin lugar a dudas, mejor que la competencia.

   Finalmente, la lección que podemos extraer es que hacer caso a las mentes que promueven la colaboración no es afiliarse a ningún tipo de hipismo ni posmoderno e inane club, sino un arma que como sociedad debemos implementar, sobre todo entre los más desprotegidos  vulnerables, para encontrar el soporte mutuo un camino a mejorar nuestras condiciones de vida y no perpetuar una lucha de gladiadores en que los césares corporativos vean como nos despedazamos en batalla de los curriculums mientras ellos comparten los beneficios de su doble estándar.