Tarde en el Santa lucía

La quietud de aquella tarde sólo la interrumpieron sus pasos. Era la figura más encantadora que jamás pude ver; facciones delicadas y extremadamente simétricas; mirada penetrante y profunda; sus pechos, delicados y turgentes, ceñidos solamente por su piel oscura y lisa. A pesar de su estatura, dibujaba el aire al ritmo de sus pronunciadas caderas.

Podría jurar que jamás le hubiese temido a su extraña desnudez al pasar junto a mí, si al mirar hacia el lado, no me hubiese percatado – no sin un escalofrío sobrecogedor –  que la Anfitrite de la fuente ya no estaba junto a Poseidón.

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