Reforma a la ley de caza: Un nuevo caso de Activistas Confundidos.

Anoche tuve la oportunidad de ir a un festival en Valparaíso llamado Rockodromo, en él tocaron varias bandas, y todas ellas hicieron reivindicaciones a luchas ciudadanas y coyunturas que son el canon de la discusión en las redes sociales estos días, como el Caso Penta o la Ley de Aborto.

Me llamó la atención que las bandas Sinergia y Weichafe, hicieron alusión a la reforma de la ley de caza que autoriza la cacería de perros asilvestrados. “No a la caza de perros callejeros” decían y el público respondió con alaridos de aprobación al sutil pero determinante error en la consigna. Partiendo así con un nuevo caso de lo que llamo “activistas confundidos”.

Las redes sociales han facilitado la comunicación y la difusión de ideas que permiten a la gente formar parte y crear opinión de los procesos cívicos que afectan el día a día. Discutir la ley de pesca, termoeléctricas, corrupción entre otras es muy útil para tratar de controlar abusos y moldear una sociedad educada en los términos de lo que esperamos para nosotros y nuestros hijos. Pero la velocidad en que la información se mueve es un arma de doble filo que nos sumerge muchas  veces en el paradójico abismo de la ignorancia.

El problema de la viralización de la información es que es muy difícil verificar las fuentes y como en el juego del teléfono – en que el primer participante entrega un mensaje que se va deformando con cada persona que lo recibe – los datos se vuelven muy volubles a las imprecisiones y fácilmente uno puede quedar como idiota por repetir algo que es del todo razonable criticar, pero que finalmente no era de lo que se trataba el asunto. Como quien llega con un paquete de pañales a una despedida de solteros.

Eso fue lo que sucedió con el tema de la caza de perros. La modificación de la ley permitirá la captura y caza de perros asilvestrados los cuales son definidos como:

“Perros salvajes o bravíos, que se encuentren en jaurías, fuera de las zonas o áreas urbanas y de extensión urbana, a una distancia superior a los 400 metros de cualquier poblado o vivienda rural aislada, los que deberán capturarse o cazarse en los términos establecidos en la Ley y el presente reglamento”.

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Esto, claramente hace alusión a las jaurías de perros que recorren los campos matando sin distinguir entre animales salvajes, domésticos e incluso a algunos que están en peligro de extinción, lo que hace necesario su control del mismo modo en que se controlan jabalíes, conejos y otras especies introducidas y dañinas que la ley señala[1]. Todo esto sin amenazar de modo alguno al querido kiltro que deambula por las calles comiendo restos de completos y dormitando en las esquinas junto a lo kioscos.

Aun así las redes sociales se repletaron de consignas, memes y llamados a boicotear la ley. En un nuevo caso de activismo confundido que repite sin meditar la consigna de moda para oponerse al problema de turno. Haciendo gala en primer lugar de una profunda ignorancia del problema de las especies introducidas que amenaza las especies nativas  y en segundo de un serio problema de cinismo pues aun si se tratara de los perros callejeros se aboga por ellos por la semana que dura el tema en la palestra, se exige del gobierno un desarrollo de políticas para educar a la gente sobre la tenencia responsable de mascotas, albergues y campañas cuando rara vez esterilizan a sus mascotas, adoptado un animal callejero o al menos donado para las instituciones que velan por los intereses de estos animales vulnerables.

El corolario es simplemente la necesidad de pensar antes de repetir una consigna, verificar cuál es el problema de fondo tras el llamado de atención, formarse una opinión y no un prejuicio y conforme a ellos discutir los temas. Evitar así mismo el cinismo, el falso interés por lo políticamente correcto lo que diferencia a un activista de cartón de un ciudadano responsable y de paso evitar quedar como weón por andar demasiado perdido el mágico mundo de los trending topics.

[1]  Para más información ver la declaración pública de la Facultad de Ciencias Veterinaria y Pecuarias de la Universidad de Chile: http://tinyurl.com/nhpvl6r

Tarde en el Santa lucía

La quietud de aquella tarde sólo la interrumpieron sus pasos. Era la figura más encantadora que jamás pude ver; facciones delicadas y extremadamente simétricas; mirada penetrante y profunda; sus pechos, delicados y turgentes, ceñidos solamente por su piel oscura y lisa. A pesar de su estatura, dibujaba el aire al ritmo de sus pronunciadas caderas.

Podría jurar que jamás le hubiese temido a su extraña desnudez al pasar junto a mí, si al mirar hacia el lado, no me hubiese percatado – no sin un escalofrío sobrecogedor –  que la Anfitrite de la fuente ya no estaba junto a Poseidón.

SAMSARA

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          La naturaleza es violenta. No reconoce el dolor o la fragilidad del hombre y su consciencia, omnia mutantur nihil interit. La psique humana se empapa de su entorno y convierte en herramientas sus condiciones y no al revés. Somos gotas de rocío en una mañana que no será eterna, pasaremos a formar parte de la atmosfera casi sin darnos cuenta, parte del cielo, como si de verdad fuéramos almas, como si nuestra consciencia existiera, como si de verdad fuera importante todo lo que hacemos.

          Algunos se abandonan al dolor, a la crueldad. Tanto miedo y tanto odio por nosotros mismos nos llevan a aceptar y perseguir la angustia y el padecimiento, a disfrutar con lo grotesco porque nos sentimos parte de esa misma miseria que es el lado oscuro de la mente humana.

          Pero la belleza es igual de potente, la magnitud de la existencia, de la cual somos parte, minúscula pero necesaria, inalienable: una vez estábamos todos juntos, una sola alma y una sola carne, el huevo cósmico fuimos y luego nacimos, somos hermanos de las estrellas y de las lágrimas, del sol y de la sangre, somos el universo, no un ente distinto.

          Abraza el dolor entendiendo que es solo una etapa, abraza la alegría sabiendo que se irá de pronto. Vive el invierno y el verano de tu vida sin temor, que ambos volverán en ciclos irrefrenables y al final de los días, no será el final, porque no solo la materia de la que estamos hechos volverá a la tierra, nuestra propia experiencia se extenderá en los genes de nuestra especie.

(reflexión aleatoria al ver el documental homónimo)

DE VUELTA A LA CAJA

…When dogma enters the brain, all intellectual activity ceases.” 

Robert Anton Wilson

 

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– …y porque la educación nos pertenece, no cederemos – hizo una pausa calculada en que levantó los ojos a la profundidad del público tomando aliento lentamente –  ¡lucharemos por nosotros y los que vendrán! – dijo el joven y se levantó del estrado entre vítores y aplausos ensordecedores.

   Los ojos vigilantes restañaban una humedad esperanzadora, desde que creyó en los cambios sociales, desde que Bakunin y Freire iluminaron su adolescencia vio con frustración quemarse camionadas de ideas sobre cambios sociales, sobre justicias y libertades vaporosas.

   El anarquismo le llenó de la desbordante sed de organización y las valoraciones entrañables de la autogestión y el desarrollo localista, respetuoso de su gente, de las etnias y esos vástagos culturales que poco a poco se iban aplastando, agonizando de hamburguesas y olvidados bajo pósters de rostros carentes de identidad, propio de las estrellas Disney.

   Recordando viejas glorias, a Marcos y Chiapas, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, la dignidad del indígena y del campesino, revolcadas otrora por los burócratas burgueses, hoy reivindicadas por la insurrección del esclavo liberado. Su juventud revolucionaria despegaba como reminiscencia desbordante. A su mente galopaban los días que en su propio país vio caer al dictador, y un pueblo asustado que engordó desidioso en esa victoria nominal. Se constreñía de emoción su vientre. Salió del gimnasio del colegio con una leve sonrisa, pero más sincera y ardorosa que muchas de las carcajadas que regaló a sus amigos los últimos años, el frío de la tarde era lejano, delicioso.

   Hacía tiempo que no se levantaba con tanto ímpetu para partir al trabajo, ese día abrió el kiosco media hora antes de lo habitual y dispuso no solo los periódicos locales, que eran los únicos que llegaban temprano a los estantes, dado que en las ciudades pequeñas los de circulación nacional no aparecían antes de las diez. Situó junto a su pequeño local de metal una mesita y los inofensivos títulos escolares de siempre sobre ella, pero tomó la precaución de intercalar de forma precisa algunos pasquines y ejemplares de literatura política, esos que le daban espaldarazos de ímpetu juvenil y, que aunque escasos, estaba dispuesto a vender, más gente debía leerlos.

   Pensaba en la apariencia del estudiante de cuarto medio, que se presentó como líder estudiantil en el foro al que invitaron a la ciudadanía del pequeño pueblo, su perfil no era gallardo ni estoico como la imposta de los héroes antiguos, esos en cuyo talante nunca es mencionado el metro y cincuenta centímetros de altura, o las espinillas en la cara, menos aún el mal aliento que probablemente tenían. Aún así no era la imagen la importante, sino las ideas. Bien sabía que incluso la imagen podría ser un arma de evanescencia, recordaba aún la imagen vívida de pasar por una procesión religiosa buscando libros para el kiosco, cuando pendiendo del muro una polera con la imagen del Che era comentada por unos chicos que regateaban el precio y que al conseguir la prenda exclamaban extasiados “qué buena, ahora puro me falta la de Jim Morrison”. La anónima y ubicua presencia del subcomandante era más eficiente al paso del tiempo, dolía en el alma la prostitución de las imágenes, hacía eco el corolario.

– Buenas, me da una Cuarta porfa – le dijo un señor sacándolo de la lejanía de su dialéctica doméstica.

– No me ha llegado todavía, tengo el diario de acá nomás – contestó sacudiéndose las ideas matutinas – pero si viene como a las once, está.

– Bueno, a la vuelta entonces – dijo sin muestra de molestia alguna.

– Chao – se despidió. No respondieron.

   Terminó de acomodar los diarios y esperaría que lleguen los de más tarde mirando de reojo los libros que se vendían lento, siempre los mismos, los colegios eran la causa casi única, ya ni se molestaba en exhibir libros más complejos, más ajenos a lo estrictamente académico, sabía que en el mejor de los casos volverían por Cien años de soledad y se irían frustrados por los cuatro mil pesos que costaba su ejemplar usado, parecía que era una cantidad de dinero demencial para gastarla en papel.

   La mañana pasaba lenta entre las noticias de la radio y la de los diarios que al fin iban llegando y uno que otro que se iba vendiendo entre bromas y conversaciones con los conocidos. “Los jóvenes han tomado una veintena de colegios y liceos en la región metropolitana y se ha ido extendiendo el movimiento estudiantil a las regiones. Tienen el lucro y la calidad de la educación como puntos vertebrales de sus peticiones”. Al haber escuchado el titular con una seria y ágil voz femenina en la radio crepitante, volvió a cavilar con el rostro del joven. Era a esta ciudad perdida a la que estaban llegando las ideas progresistas, el terror del capital se hacía realidad en las aulas y las multicanchas, los chicos eran quienes tuvieron el valor de pedir su educación y el pueblito no era la excepción, este lugar que siempre había sido al revés, la aridez en medio del exuberante oasis, que mientras las comunas vecinas estimulaban el teatro y la pintura, acá se escandalizaban en las ferias del libro al ver en los mesones colecciones de periódicos de sátira política, por lo que estas actividades se hallaban ahora vetadas, “no quiero saber na’ con los libros” fue la síntesis perfecta de su última visita al municipio. Al fin, no era esta ciudad excepción ninguna. Se relamía la comisura de los labios pensando en el apoyo incondicional que merecía esta causa, sin miramientos, sin transar, pensaba sin notar que mientras lo hacía sacaba más libros de las cajas y los iba apretando junto a los otros, Faulkner y Rimbaud aparecían entre Verónika decide morir, los Papeluchos y El  niño que enloqueció de amor.

   La tarde pasó con rítmica rutina y los diarios por suerte estaban ya todos vendidos. No tenía que ver el reloj para saber que eran las seis, los primeros uniformes llegaban al kiosco a comprar coyacs y chicles, la mayoría de risueñas escolares que caminaban a la plaza a conversar y dar vueltas.

   Lo vio venir con su nariz aguileña y buzo burdeo del colegio, se acercaba a paso lento y venía sin compañía, por un momento no pensó que se dirigía hacía él salvo cuando levantó la vista y lo saludó sin ceremonias, trasluciendo entre la mano alzada unas uñas sucias y mordisqueadas, el las vio como la evocación del antiguo obrero, el proletario que luchaba, ajeno a las trivialidades de la estética.

– Hola – respondió el hombre intuyendo una conversación interesante ad portas – te vi ayer en el foro, me gustó el discurso, esperemos que todo salga bien. No está demás decir que cualquier cosa que necesiten, consejos y esas cosas, cuenta conmigo, soy más viejo y ya he estado en estas lides antes.

– Muchas gracias – dijo sonriente – es bueno que la gente de a poco vaya prendiendo con la idea, la educación tiene que ser gratis, obvio.

– Gratis, pero sobre todo, buena – corrigió sin displicencia.

– Claro, por supuesto. Esperemos que se nos unan los mapuches y los trabajadores. Tenemos que ser muchos.

– Cuando las ideas son buenas, la gente llega sola – dijo el kiosquero, no sin cierta satisfacción al ver el rostro juvenil que le observaba hasta con cierto ápice de admiración, o quizá era lo que a él le hubiera gustado creer.

– Fue un gusto conocerlo caballero, ojalá lo veamos en las marchas.

– Sin duda, cuídate – se despidió con una sonrisa y no pudo sino ver en el paso ligero del delgado joven un bucle de entelequias y axiomas que reverberaban de sus libros, de sus días pasados, de los miguelitos, de los rayados, de la anarkía, la revolución y la historia que en personas tan diminutas y frágiles como el niño aquel era marcada a fuego, los pueblos pequeños y sus hijos, los grandes escribas del porvenir.

– Oiga se me olvidó – dijo el muchacho – yo le venía a preguntar algo.

– Dime, qué cosa – contestó con una curiosidad inefable, recordando la conversación profunda e inminente que esperaba y de nuevo las entrañas comenzaban a comprimirle de emoción.

– ¿Usted vende resúmenes de libros?

– ¿Cómo resúmenes? – su cara de insufló de un ardor desconocido, sus mejillas se arrebolaban ante la pregunta que lo desconcertaba. – Yo vendo libros, no me insultes – terminó diciendo medio en broma, medio enserio con una mueca parecida a una sonrisa.

– Es que me da paja leer.

   Se apresuró a pensar qué estaba oyendo, de pronto se le vino a la mente la idea de que podría ser algún libro realmente aburrido y tedioso, recordó al Martín Rivas que estuvo obligado a leer para su desagrado aquellos años. Era eso, un libraco tedioso, así que nuevamente se atrevió a ahondar.

– No, no tengo resúmenes, pero ¿qué tienes que leer?

El principito – contestó con una naturalidad eviscerante para la cara roja del kiosquero que contrastaba con el verde kiosco.

– ¿Pero cómo? – dijo desbocado el señor mirando los últimos dos diarios que tras el muchacho colgaban y que antes no había notado.

– Es que ya lo leí – agregó el estudiante.

   Eso cambiaba las cosas, él ya lo había leído y justificaba exiguamente la búsqueda de un resumen, pero ya sentía enfado, eso era, ya se había enojado por lo que había dicho sobre la “paja” que le daba leer, de que en cuarto medio tuviera que leer El principito y que de cualquier forma, aunque eso no fuera su culpa sino del profesor, la imagen del chico en sí se estaba desbaratando exponencialmente, así que se atrevió a preguntar.

– Entonces ¿Qué son los Baobabs? – y se quedó mirándolo fijamente.

Ba-oh-bás – repitió lentamente y luego de dudar un instante con la cabeza levemente inclinada a la izquierda respondió: es un planeta.

– Ándate mejor – dijo cortante mientras el muchacho se alejaba luego de alzar los hombros en señal de indiferencia.

   Se sentía incordiado, estafado, furibundo, esperó impaciente los quince minutos que tardaron en venderse los dos diarios que quedaban y cerró, guardando antes que nada todos los pasquines y los libros ventilados ese día, que por supuesto no vendió, en sus cajas de las que sabía no saldrían, y de volver a hacerlo no sería sino en un buen tiempo.

   Se sentó en la cama pensando en Jim Morrison y el Che, en Marcos y su pasamontañas cuyo olor a tabaco y humedad impregnados se hizo denso y vívido, sintió asco, no leyó y apagó la luz con indiferencia. Su señora veía televisión distante y él se ahogaba en el sueño confuso, con la única certeza que mañana abriría media hora más tarde.

Canción de Jazz

           

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           Los aplausos demostraban que la gente estaba expectante, los músicos tomaban posición y dejaban correr algunas notas sueltas que impacientaban un poco al público. Sobre todo él que siempre ha sido algo nervioso y la paciencia nunca fue su estrella.

 

            La chica del cabello largo abrazaba a su novio de pie en la pared del bar, no había mesas para todos pero no importaba, las personas querían oír al cuarteto, después de todo era todos unos chicos talentosos por si solos, lo que hacía muy prometedora la unión de dichos talentos. Él estaba sólo en la mesa, pues el jazz no apasionaba a muchos de sus amigos y quería perderse en la música, cosa que al no tener con quien hablar se hacía increíblemente fácil.

 

            El saxofonista saludó al público y presentó rápidamente los términos del evento, y con ello comenzó a salir tímidamente el fresco riachuelo de la improvisación. La gente guardaba silencio y la chica del cabello largo empezaba a marcar el paso y apretaba la mano de su novio que pasaba sobre su hombro.

 

            Él se sumergió en la música con los ojos cerrados, no quería mirar a los músicos cuyas manos envidiaba solo por no haber podido nunca aprender a tocar. Aun así la música le había apasionado desde siempre. Particular atención le daba el talento de los dedos que acariciaban el contrabajo, su instrumento favorito.

 

            Abrió lentamente los ojos y se perdió en el  público, miró de soslayo a la gente y sus caras extasiadas por la cabalgata del piano que sonaba como una brisa fragante y exquisita, mientras la chica del cabello largo miraba también de reojo a los asistentes. Ambos como faros guiando por las notas del saxo se encontraron, sus miradas desembocaron azarosamente la una sobre la otra y se incrustaron, como un caprichoso rompecabezas que con el sonido de la batería se calzara a si mismo por el solo hecho de arrojar las piezas sobre la mesa.

 

            Y se observaron, los ojos se movían como pequeñas serpientes deslizándose sobre el cuerpo, bajaban y rodeaban el cuello al ritmo de Coltrane, seguían por el pecho y volvían a subir, la cola de la serpiente de él acaricio sutilmente los labios de ella a lo que la chica del cabello largo respondió con un breve beso etéreo, que viajó por el puente del contrabajo hasta sus labios y se depositó como una pluma sobre la boca la otra boca, que absorbía aquel beso extasiado y perdido en los ojos de la chica que aun al otro lado de la habitación marcaba el paso, él empezó a adorar su cuello y lo recorría a cada segundo acariciando con sus ojos cada espacio de su rostro, ella empezó a amarlo, su rostro algo infantil le producía una atracción musical, era como el ritmo y la armonía que se acicalaban mutuamente en un torbellino infinito que ascendía hasta la cúspide del solo de piano. El cuarteto ahora estaba seducido en su propia música y se dejaban llevar por el momento, la improvisación se hacía maravillosa, eran notas que caían y cual fénix furioso volvían, morían y volvían y se engastaban en los ojos de la chica del cabello largo que se enamoraba de él y quien la deseaba, recorría su cuerpo una y otra vez con los haces multicolores  que soplaban en la iluminación.

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De un momento a otro, la sombra a contraluz del saxofón y las velas de las mesas hacían una atmósfera sutil y aletargada, sensual y explosiva y ellos se devoraban a cuatro metros el uno del otro. Y la muchacha lo adoraba, no le importaba el brazo que rodeaba sus hombros, solo marcaba el paso y se mordía los labios mientras a él, a quien el abrazo del novio le importaba menos, deslizaba ahora su mirada sobre el pálido escote de la chica de los cabellos largos.

   

Las baquetas ahora marcaban un ritmo frenético, que indujo las ganas de cerrar los ojos de ambos quienes se tocaron mutuamente y abrazaron en el flujo del ritmo que abrasaba el pecho de ambos y los ligaba entre ascuas como una gran cinta y ellos abrían los ojos y se miraban, se besaban y se perdían entre las notas, los acordes del piano les vaciaba los pulmones y respiraban agitados, sus corazones latían veloces y el novio miro a su chica de los cabellos largos buscando un gesto, una seña de que ella estuviera pasándola bien. Ella no le miró un segundo siquiera, pues estaba amándose desde lejos con él y hacían el amor entre sus parpados y sus pestañas que acariciaban el sutil manantial de colorido sonido y explotaban de amor mientras el saxofonista cerraba sus ojos y doblaba su espalda como impulsado por el placer de abrazar la música y ellos sentían el placer de amarse en sus mentes babeantes de deleite  y narcotizadas.

 

Arrastrados por la cascada del piano y la ventisca del saxo, ella le sonrió y él algo parecido esbozó en sus labios, mientras agudizaba su mirada extasiado por el pequeño lunar que tenía junto al pómulo derecho, le acarició la mejilla con una sonrisa completa y ella le miró, recorrió sus hombros y rodeo su cuello, le besó mientras marcaba el paso aun y el daba un pequeño sorbo al coñac que olía increíble, olía a Parker, olía a la madera del contrabajo, a los ojos de la chica de los largos cabellos y se enredaba aun más en la cinta invisible que los unía y le hacia el amor desde su mesa y la veía mojar sus labios y sonreír y cerrar los ojos un momento como alcanzando la ribera del nirvana musical o del orgasmo, explorando las fronteras de la melodía que de pronto se calmaba y se extinguía, el fénix no volvió, la música se había apagado y él en su mesa sujetó su vaso y siguió explorando el bar con la mirada desinteresada mientras ella apretó nuevamente la mano de su novio y sonriendo sutilmente, le besó  los labios.

Excreciones

 

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La mayoría de los mamíferos marcan su territorio con excreciones. Los primates domésticos marcan sus territorios con excreciones escritas en papel y tinta.

 

Robert Anton Wilson

 

Alguna vez desee la vida

Y describí el aliento, con sus ritmos y pulsos

Concebí la idea de existir

Y respiré.

 

Desee el amor

Pensé caderas, describí la humedad de los besos

De todos los besos

Y amé.

 

El árbol fue árbol porque yo lo quise

O lo acepté

Por eso no fue una influncia

   o un pirinopteo

 

Hoy que los años que he creado

Me dan alcance

He llegado a pensar que el mundo es tan irracional

Y repleto de barbarie

Por esta vorágine informe de ideas

Que vagan en mi mente

Mi inconsciente

Que no es más que una húmeda caverna

Salpicada de cacerías y rituales.

Historia del látigo

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“No sabían, aquellos primitivos llamar “señor” al esclavo, ni hacerle votar de vez en cuando”

L.F. Celine

 

Benditos faraones que sinceros laceraban las espaldas del esclavo

mis respetos a los colonos que ofrecían fuego y espada a los nativos

a los obispos que en la rueda promulgaron la fe a los infieles

 

Hoy malditos los que tratan de usted a los esclavos

y los laceran con mezquinos jornales, disfrazados de sonrisas

y apretones de mano

arderán los colonos, que conquistan con boletas y cobranzas

con imbéciles propagandas y los programas de las babas colgando

 

Malditos los que lanzan a la guerra

sus cautivos a quemar testosterona

regalándoles balas y banderas

a cambio de su sangre y de sus hijos

 

Benditos los tiranos sinceros

porque esos

eran más fáciles de aborrecer.

La Bestia

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El leviatán mira con mesura la ineptitud de sus guardianes

Aguarda silencioso entre las aguas viperinas

Persigue con las pupilas afiladas cada movimiento

Cada dedo distraído

 

El leviatán es paciente

Y se escabulle en las mentes de sus carceleros

Susurra ideas que parecen propias

Cavan tumbas neuronales

Las sinapsis

Se van

 

El leviatán es dócil caminando al paso que le digan

Suponiendo que el ritmo es idea propia

Se engrandecen de su conquista

Viendo al Leviatán bajo sus pies

Quien se hunde lentamente en las aguas

Arrastrando a la extinción a los inocentes

Y a los hijos de la codicia

 

El leviatán es inmisericorde

Y devora a sus creadores

Hemos parido al miedo

Las masacres y las guerras

Hemos parido el odio

Para desangrarnos en silencio

Orgullosos de nuestro Leviatán

“Yo quiero ser siempre el mejor”: La maldición de nuestra generación.

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     No es para nadie una sorpresa el poder condicionador que juegan los medios en la construcción de una psiquis colectiva, y sobre todo lo vulnerables que son los niños a estas señales, precisamente porque el niño en su fase de aprendizaje es una esponja que no está preparada para cuestionar lo que se le enseña, donde la mente del menor presume bueno lo que sus mayores le enseñan para adaptarse al mundo desconocido con el que comienza a interactuar, asimilando valores y antivalores que lo definirán como persona.

     Lo que hizo la televisión de los noventa a través de programas que van desde los gladiadores americanos, programa que en lo personal debo haber visto como a los cuatro o cinco años y por ende apenas recuerdo, hasta Pokémon, que fue sin duda un símbolo de nuestra niñez y que sigue siendo un referente para las generaciones actuales por su infinitas temporadas, donde vemos en cada una de las canciones el arquetipo del éxito como objetivo absoluto, destacarse sobre el resto y alcanzar así la perfección.

     Esta idea es transversal no solo a los dibujos animados noventeros, también los programas actuales presentan temáticas similares y de formas incluso más agresivas, los reality shows y su constante: ganar la competencia es lo importante, aunque para ello deba abusar de todos los demás, beneficiándome en cuanto pueda de mis compañeros mientras sean útiles y cuando no, descartarlos en pos de esa victoria. Este es sin duda un formato curioso del viaje del héroe, uno en que los compañeros de viaje no lo apoyan en una aventura para enfrentar al mal que amenaza a la comunidad, sino que renuncian a sus propios fines para enaltecer y reforzar la imagen del héroe que solo busca ascender en la escala social, económica o convertirse en un maestro Pokémon, esto es, la forma más clara del individualismo logrado por el llamado “imperialismo extraoficial” de la cultura occidental actual: El sacrificio de la comunidad por el individuo.

     Hasta aquí no hay nada nuevo y tampoco es tan terrible prodigar el perfeccionamiento de la persona, que la gente busque ser lo mejor en lo que se proponga, estudiar una carrera y ser un profesional impecable, escalar en la sociedad para ser el mejor a través del reconocimiento (y la envidia) de sus pares. El problema surge justo ahí, porque el “mejor” por antonomasia solo puede ser uno, y la gente no parece notar que se sumerge en un absurdo juego del rey de la montaña, donde solo uno puede estar arriba y pisoteará, pateará escupirá a los aspirantes hasta que uno más hábil o más astuto lo agarre de la pierna y lo derribe para ocupar su lugar. El bucle de esta historia es evidente.

     No todos podemos ser “el mejor” y esas pegajosas canciones y programas no nos enseñaron cómo lidiar con la posibilidad de no lograr serlo, como enfrentar la engañosa idea de la universidad, por ejemplo, y la falacia de ésta  como fuente de la movilidad social, ya que un título no garantiza impermeabilizarse de la posibilidad de terminar trabajando por los mismos trescientos mil pesos a los que hubiera aspirado sin los cinco años de carrera y los quince millones de pesos en deudas bancarias. No se nos dijo que existía una posibilidad importante de que no fuéramos como Alexis Sánchez para el fútbol, escribiéramos como, ni haríamos negocios como Rockefeller. Nadie nos preparó para el fracaso.

     Esa es la maldición de nuestra generación: miles de personas frustradas ante la promesa incumplida de éxito y absortas en la necesidad de aprobación del entorno, haciendo oídos sordos a nuestras propias habilidades en pos del reconocimiento, y nos sentimos desesperados por esa búsqueda de ser los mejores sin la mayoría de las veces conseguirlo, generando el sedimento del resentimiento, la intolerancia, explosiones violentas y ese concepto tan chileno como lo es el “chaqueteo”, dado que nos sentimos menos e incapaces de conseguir nuestras propias metas, metemos mano del reproche y el ninguneo de cualquier persona que parezca medianamente feliz, nos gane un trabajo o nos venza en un inane juego, porque creemos que no lo merece, que tuvo una ayuda injusta para conseguir un objetivo y que nuestros méritos son excepcionalmente superiores y que aun así permanecemos desprovistos de esa dulce miel del triunfo.

     En definitiva, hijos de la sociedad de los “mejores” hemos olvidado el valor de ser buenos, solo uno puede ser el mejor pero muchos, incluso todos pueden ser bueno en algo, para eso es sano cultivar aficiones, pasatiempos, no poner todos los huevos en la misma canasta, porque si fallamos en la única cosa que hacemos, nos sumergiremos en una depresión absurda y poderosa, esa que es transversal casi a todos los jóvenes que ven con miedo cada día que pasa sin un diploma o una medalla, inseguros y cerrados a cualquier posibilidad de hacer algo nuevo porque temen no ser “mejores que nadie más”, privándose de disfrutar ese descubrir del mundo, concediéndole a nuestros modelos el habernos convertido en personas reprimidas por el miedo a equivocarse y lejos de tener la sonrisa amplia que tiene Ash tras perder en cada liga: nosotros solo sentimos rabia.

Sentencia caso colusión de las farmacias: ni confianza ni disuasión.

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   Ya no es nueva la sensación de decepción que surge cada vez que se enciende la televisión y se encuentran noticias como la de hace un par de días sobre el resultado del caso “Colusión de las farmacias”. Parece irrisorio como un acto abiertamente voluntario por parte de los altos ejecutivos de las cadenas, como lo es reunirse y decidir sobre los precios de los medicamentos; un acto realizado por personas capacitadas para administrar los masivos capitales y ganancias asociados al negocio farmacéutico; es tratado como un asunto casi anecdótico. En él, se resuelve que los imputados simplemente han obrado con un criterio dislocado de la ética profesional – lo que es indiscutible – pero visto casi como un descuido, y no como una maniobra para generar mayores ganancias. Siendo por ello “condenados” a clases de ética profesional.

    Debemos preguntarnos entonces cuál es el fin de la pena en este caso. En Derecho Penal se sostienen varias hipótesis al respecto, de las cuales los elementos que nos interesan son dos. El primero es la confianza de la comunidad en el sistema legal que permite a las personas tener la convicción que en la mayoría de los casos quien comete un crimen no quedará impune. Y en segundo lugar, la intimidación sobre potenciales transgresores de la norma, es decir: si usted comete un crimen, será descubierto y el aparato jurisdiccional hará su trabajo y recibirá la sanción correspondiente y en caso de que ya haya delinquido, será disuadido de volver actuar de ese modo, ya sea por la fuerza de la sanción o porque ha logrado reinsertarse en la sociedad para convertirse en un activo positivo de la comunidad, un aporte.

    En este caso vemos que nada de aquello se logra. La ciudadanía no se siente segura, no puede confiar cuando ven que personas que estuvieron abusando sistemáticamente de su condición omnipotente, eludiendo los instintos más básicos de la buena competencia mercantil, son enviados a clases de ética, a enseñarles como ser buenos gerentes cuando son este tipo de personas precisamente las que mejor califican para los intereses de un holding -siempre y cuando no sean halladas en la trampa, como en este caso – que es aumentar las ganancias, inclusive, absteniéndose de competir, simplemente decidiendo antojadizamente cuanto desean cobrar, ordenando a sus dependientes que declaren inexistentes los medicamentos más baratos obligando con ello a comprar lo que ellos ofrezcan a personas que enfermas, no disponen del tiempo ni los recursos para negociar y procurarse medios alternativos menos gravosos. En definitiva deciden cuanto ganar con su aliados comerciales que en una economía de mercado sana deberían ser oponentes que compitan abiertamente por los clientes, ofreciendo productos a precios razonables y que no pasen de doscientos pesos a quince mil por la mera voluntad de las empresas.

    Luego, tampoco se logra intimidar a los delincuentes, una pena que además de las clases, consiste en hacer donativos a fundaciones y corporaciones del área de la salud por un monto de 225 millones de pesos no representa incentivo alguno para dejar de actuar ilícitamente, toda vez que las ganancias obtenidas en base a estos hechos se estiman en torno a 31.000 millones de pesos, monto ridículamente superior a la “pena”.

 

    Entonces, parece hasta innecesario citar al fiscal a cargo del caso que sostiene que legislación actual “es insuficiente para hacerse cargo de la colusión como un fenómeno delictivo que afecta a los chilenos” y solo queda exigir las reformas necesarias tendientes a proteger a las personas de los abusos, para generar confianza en la sociedad y desalentar la comisión de los mismos, sobre todo en época de elecciones donde los candidatos se muestran ávidos de escuchar las demandas ciudadanas. Pero esto, sin quedarse en la parte meramente declarativa, sino también esperando que los representantes de la gente efectivamente representen, yendo a las sesiones, discutiendo y dando vida a las leyes que requiere la sociedad desarrollada que aspiramos a ser.

    Solo así, de una vez por todas los slogan como “Donde tú y tu familia importan” no serán una burla permanente al encender la televisión, un recuerdo de que la igualdad ante la ley es un eufemismo donde “algunos son más iguales que otros”. Para que la postal recurrente ante situaciones como estas no sea ver las caras satisfechas de los “condenados” retirándose del tribunal con la conciencia de un trabajo corporativo bien hecho, un nuevo jaque mate a una sociedad impotente.