Macbeth o el espíritu marketing

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    Ver la nueva película basada en el clásico de Chaquespeare (como gustaba ridiculizar a mi profesora de lenguaje) hace renacer, o más bien volcarme de lleno a un tópico con el que lidiamos día a día y es frecuente en mis cavilaciones: la codicia sin control.

   Algunos filósofos o teólogos sugieren que el ser humano es en sí mismo bondadoso y cooperativo, pero que los elementos condicionantes externos (como lo puede ser un trauma) lo conducen al lado oscuro de la psique.

   Si asumimos la premisa de la naturaleza bondadosa del hombre, deberíamos extrapolarla a la sociedad que, como emanación del gregarismo propio del sapiens, comparte los mismos atributos, pero hoy hemos visto como la comunidad está siendo devorada por una codicia de tonalidades tan diversas como los intereses de los sujetos.

   ¿Cuál es la raíz de esta contaminación de la naturaleza humana? Así como Lady Macbeth contamina a su esposo con la semilla de la ambición, somos amenazados constantemente con estímulos que inciden en formas bastante enfermizas en nuestra percepción de las necesidades y expectativas que forjamos del mundo.

   Las brujas predicen que Macbeth será rey. Mientras la publicidad nos muestra a una persona más exitosa, más feliz y realizada tras adquirir cierto producto, persona que podríamos ser nosotros. Con ello se desencadena una vorágine de anhelos y artimañas, perturbadoras de muchas maneras, con el asesinato como herramienta perfecta. En nuestros días el clásico endeudamiento masivo. El homicida sigue escalando en su camino de muerte hasta que la culpa libera la psicosis irresistible, en la que incluso Lady Macbeth, catalizadora elemental del conflicto, se muestra impotente y asombrada de los ribetes que toma el asunto al punto que enferma de muerte. El consumo cuando se detiene por exceso de deudas se convierte en una crisis para el individuo, pero si se generaliza, se convierte en depresiones económicas, como la recesión que hoy experimenta China, amenazando los mercados del mundo. Tras la muerte de su esposa, el rey Macbeth queda solitario, infeliz y derrotado, totalmente ajeno a la promesa de esplendor que veía en el oráculo de las brujas que prometieron su reinado. Nosotros, vemos que gastarse todo en la extravagancia que nos ofrecía la publicidad no nos hizo más felices a la larga; y al final…

                                                …Solo queda la muerte.

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