DE VUELTA A LA CAJA

…When dogma enters the brain, all intellectual activity ceases.” 

Robert Anton Wilson

 

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– …y porque la educación nos pertenece, no cederemos – hizo una pausa calculada en que levantó los ojos a la profundidad del público tomando aliento lentamente –  ¡lucharemos por nosotros y los que vendrán! – dijo el joven y se levantó del estrado entre vítores y aplausos ensordecedores.

   Los ojos vigilantes restañaban una humedad esperanzadora, desde que creyó en los cambios sociales, desde que Bakunin y Freire iluminaron su adolescencia vio con frustración quemarse camionadas de ideas sobre cambios sociales, sobre justicias y libertades vaporosas.

   El anarquismo le llenó de la desbordante sed de organización y las valoraciones entrañables de la autogestión y el desarrollo localista, respetuoso de su gente, de las etnias y esos vástagos culturales que poco a poco se iban aplastando, agonizando de hamburguesas y olvidados bajo pósters de rostros carentes de identidad, propio de las estrellas Disney.

   Recordando viejas glorias, a Marcos y Chiapas, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, la dignidad del indígena y del campesino, revolcadas otrora por los burócratas burgueses, hoy reivindicadas por la insurrección del esclavo liberado. Su juventud revolucionaria despegaba como reminiscencia desbordante. A su mente galopaban los días que en su propio país vio caer al dictador, y un pueblo asustado que engordó desidioso en esa victoria nominal. Se constreñía de emoción su vientre. Salió del gimnasio del colegio con una leve sonrisa, pero más sincera y ardorosa que muchas de las carcajadas que regaló a sus amigos los últimos años, el frío de la tarde era lejano, delicioso.

   Hacía tiempo que no se levantaba con tanto ímpetu para partir al trabajo, ese día abrió el kiosco media hora antes de lo habitual y dispuso no solo los periódicos locales, que eran los únicos que llegaban temprano a los estantes, dado que en las ciudades pequeñas los de circulación nacional no aparecían antes de las diez. Situó junto a su pequeño local de metal una mesita y los inofensivos títulos escolares de siempre sobre ella, pero tomó la precaución de intercalar de forma precisa algunos pasquines y ejemplares de literatura política, esos que le daban espaldarazos de ímpetu juvenil y, que aunque escasos, estaba dispuesto a vender, más gente debía leerlos.

   Pensaba en la apariencia del estudiante de cuarto medio, que se presentó como líder estudiantil en el foro al que invitaron a la ciudadanía del pequeño pueblo, su perfil no era gallardo ni estoico como la imposta de los héroes antiguos, esos en cuyo talante nunca es mencionado el metro y cincuenta centímetros de altura, o las espinillas en la cara, menos aún el mal aliento que probablemente tenían. Aún así no era la imagen la importante, sino las ideas. Bien sabía que incluso la imagen podría ser un arma de evanescencia, recordaba aún la imagen vívida de pasar por una procesión religiosa buscando libros para el kiosco, cuando pendiendo del muro una polera con la imagen del Che era comentada por unos chicos que regateaban el precio y que al conseguir la prenda exclamaban extasiados “qué buena, ahora puro me falta la de Jim Morrison”. La anónima y ubicua presencia del subcomandante era más eficiente al paso del tiempo, dolía en el alma la prostitución de las imágenes, hacía eco el corolario.

– Buenas, me da una Cuarta porfa – le dijo un señor sacándolo de la lejanía de su dialéctica doméstica.

– No me ha llegado todavía, tengo el diario de acá nomás – contestó sacudiéndose las ideas matutinas – pero si viene como a las once, está.

– Bueno, a la vuelta entonces – dijo sin muestra de molestia alguna.

– Chao – se despidió. No respondieron.

   Terminó de acomodar los diarios y esperaría que lleguen los de más tarde mirando de reojo los libros que se vendían lento, siempre los mismos, los colegios eran la causa casi única, ya ni se molestaba en exhibir libros más complejos, más ajenos a lo estrictamente académico, sabía que en el mejor de los casos volverían por Cien años de soledad y se irían frustrados por los cuatro mil pesos que costaba su ejemplar usado, parecía que era una cantidad de dinero demencial para gastarla en papel.

   La mañana pasaba lenta entre las noticias de la radio y la de los diarios que al fin iban llegando y uno que otro que se iba vendiendo entre bromas y conversaciones con los conocidos. “Los jóvenes han tomado una veintena de colegios y liceos en la región metropolitana y se ha ido extendiendo el movimiento estudiantil a las regiones. Tienen el lucro y la calidad de la educación como puntos vertebrales de sus peticiones”. Al haber escuchado el titular con una seria y ágil voz femenina en la radio crepitante, volvió a cavilar con el rostro del joven. Era a esta ciudad perdida a la que estaban llegando las ideas progresistas, el terror del capital se hacía realidad en las aulas y las multicanchas, los chicos eran quienes tuvieron el valor de pedir su educación y el pueblito no era la excepción, este lugar que siempre había sido al revés, la aridez en medio del exuberante oasis, que mientras las comunas vecinas estimulaban el teatro y la pintura, acá se escandalizaban en las ferias del libro al ver en los mesones colecciones de periódicos de sátira política, por lo que estas actividades se hallaban ahora vetadas, “no quiero saber na’ con los libros” fue la síntesis perfecta de su última visita al municipio. Al fin, no era esta ciudad excepción ninguna. Se relamía la comisura de los labios pensando en el apoyo incondicional que merecía esta causa, sin miramientos, sin transar, pensaba sin notar que mientras lo hacía sacaba más libros de las cajas y los iba apretando junto a los otros, Faulkner y Rimbaud aparecían entre Verónika decide morir, los Papeluchos y El  niño que enloqueció de amor.

   La tarde pasó con rítmica rutina y los diarios por suerte estaban ya todos vendidos. No tenía que ver el reloj para saber que eran las seis, los primeros uniformes llegaban al kiosco a comprar coyacs y chicles, la mayoría de risueñas escolares que caminaban a la plaza a conversar y dar vueltas.

   Lo vio venir con su nariz aguileña y buzo burdeo del colegio, se acercaba a paso lento y venía sin compañía, por un momento no pensó que se dirigía hacía él salvo cuando levantó la vista y lo saludó sin ceremonias, trasluciendo entre la mano alzada unas uñas sucias y mordisqueadas, el las vio como la evocación del antiguo obrero, el proletario que luchaba, ajeno a las trivialidades de la estética.

– Hola – respondió el hombre intuyendo una conversación interesante ad portas – te vi ayer en el foro, me gustó el discurso, esperemos que todo salga bien. No está demás decir que cualquier cosa que necesiten, consejos y esas cosas, cuenta conmigo, soy más viejo y ya he estado en estas lides antes.

– Muchas gracias – dijo sonriente – es bueno que la gente de a poco vaya prendiendo con la idea, la educación tiene que ser gratis, obvio.

– Gratis, pero sobre todo, buena – corrigió sin displicencia.

– Claro, por supuesto. Esperemos que se nos unan los mapuches y los trabajadores. Tenemos que ser muchos.

– Cuando las ideas son buenas, la gente llega sola – dijo el kiosquero, no sin cierta satisfacción al ver el rostro juvenil que le observaba hasta con cierto ápice de admiración, o quizá era lo que a él le hubiera gustado creer.

– Fue un gusto conocerlo caballero, ojalá lo veamos en las marchas.

– Sin duda, cuídate – se despidió con una sonrisa y no pudo sino ver en el paso ligero del delgado joven un bucle de entelequias y axiomas que reverberaban de sus libros, de sus días pasados, de los miguelitos, de los rayados, de la anarkía, la revolución y la historia que en personas tan diminutas y frágiles como el niño aquel era marcada a fuego, los pueblos pequeños y sus hijos, los grandes escribas del porvenir.

– Oiga se me olvidó – dijo el muchacho – yo le venía a preguntar algo.

– Dime, qué cosa – contestó con una curiosidad inefable, recordando la conversación profunda e inminente que esperaba y de nuevo las entrañas comenzaban a comprimirle de emoción.

– ¿Usted vende resúmenes de libros?

– ¿Cómo resúmenes? – su cara de insufló de un ardor desconocido, sus mejillas se arrebolaban ante la pregunta que lo desconcertaba. – Yo vendo libros, no me insultes – terminó diciendo medio en broma, medio enserio con una mueca parecida a una sonrisa.

– Es que me da paja leer.

   Se apresuró a pensar qué estaba oyendo, de pronto se le vino a la mente la idea de que podría ser algún libro realmente aburrido y tedioso, recordó al Martín Rivas que estuvo obligado a leer para su desagrado aquellos años. Era eso, un libraco tedioso, así que nuevamente se atrevió a ahondar.

– No, no tengo resúmenes, pero ¿qué tienes que leer?

El principito – contestó con una naturalidad eviscerante para la cara roja del kiosquero que contrastaba con el verde kiosco.

– ¿Pero cómo? – dijo desbocado el señor mirando los últimos dos diarios que tras el muchacho colgaban y que antes no había notado.

– Es que ya lo leí – agregó el estudiante.

   Eso cambiaba las cosas, él ya lo había leído y justificaba exiguamente la búsqueda de un resumen, pero ya sentía enfado, eso era, ya se había enojado por lo que había dicho sobre la “paja” que le daba leer, de que en cuarto medio tuviera que leer El principito y que de cualquier forma, aunque eso no fuera su culpa sino del profesor, la imagen del chico en sí se estaba desbaratando exponencialmente, así que se atrevió a preguntar.

– Entonces ¿Qué son los Baobabs? – y se quedó mirándolo fijamente.

Ba-oh-bás – repitió lentamente y luego de dudar un instante con la cabeza levemente inclinada a la izquierda respondió: es un planeta.

– Ándate mejor – dijo cortante mientras el muchacho se alejaba luego de alzar los hombros en señal de indiferencia.

   Se sentía incordiado, estafado, furibundo, esperó impaciente los quince minutos que tardaron en venderse los dos diarios que quedaban y cerró, guardando antes que nada todos los pasquines y los libros ventilados ese día, que por supuesto no vendió, en sus cajas de las que sabía no saldrían, y de volver a hacerlo no sería sino en un buen tiempo.

   Se sentó en la cama pensando en Jim Morrison y el Che, en Marcos y su pasamontañas cuyo olor a tabaco y humedad impregnados se hizo denso y vívido, sintió asco, no leyó y apagó la luz con indiferencia. Su señora veía televisión distante y él se ahogaba en el sueño confuso, con la única certeza que mañana abriría media hora más tarde.

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