La Bestia

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El leviatán mira con mesura la ineptitud de sus guardianes

Aguarda silencioso entre las aguas viperinas

Persigue con las pupilas afiladas cada movimiento

Cada dedo distraído

 

El leviatán es paciente

Y se escabulle en las mentes de sus carceleros

Susurra ideas que parecen propias

Cavan tumbas neuronales

Las sinapsis

Se van

 

El leviatán es dócil caminando al paso que le digan

Suponiendo que el ritmo es idea propia

Se engrandecen de su conquista

Viendo al Leviatán bajo sus pies

Quien se hunde lentamente en las aguas

Arrastrando a la extinción a los inocentes

Y a los hijos de la codicia

 

El leviatán es inmisericorde

Y devora a sus creadores

Hemos parido al miedo

Las masacres y las guerras

Hemos parido el odio

Para desangrarnos en silencio

Orgullosos de nuestro Leviatán

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“Yo quiero ser siempre el mejor”: La maldición de nuestra generación.

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     No es para nadie una sorpresa el poder condicionador que juegan los medios en la construcción de una psiquis colectiva, y sobre todo lo vulnerables que son los niños a estas señales, precisamente porque el niño en su fase de aprendizaje es una esponja que no está preparada para cuestionar lo que se le enseña, donde la mente del menor presume bueno lo que sus mayores le enseñan para adaptarse al mundo desconocido con el que comienza a interactuar, asimilando valores y antivalores que lo definirán como persona.

     Lo que hizo la televisión de los noventa a través de programas que van desde los gladiadores americanos, programa que en lo personal debo haber visto como a los cuatro o cinco años y por ende apenas recuerdo, hasta Pokémon, que fue sin duda un símbolo de nuestra niñez y que sigue siendo un referente para las generaciones actuales por su infinitas temporadas, donde vemos en cada una de las canciones el arquetipo del éxito como objetivo absoluto, destacarse sobre el resto y alcanzar así la perfección.

     Esta idea es transversal no solo a los dibujos animados noventeros, también los programas actuales presentan temáticas similares y de formas incluso más agresivas, los reality shows y su constante: ganar la competencia es lo importante, aunque para ello deba abusar de todos los demás, beneficiándome en cuanto pueda de mis compañeros mientras sean útiles y cuando no, descartarlos en pos de esa victoria. Este es sin duda un formato curioso del viaje del héroe, uno en que los compañeros de viaje no lo apoyan en una aventura para enfrentar al mal que amenaza a la comunidad, sino que renuncian a sus propios fines para enaltecer y reforzar la imagen del héroe que solo busca ascender en la escala social, económica o convertirse en un maestro Pokémon, esto es, la forma más clara del individualismo logrado por el llamado “imperialismo extraoficial” de la cultura occidental actual: El sacrificio de la comunidad por el individuo.

     Hasta aquí no hay nada nuevo y tampoco es tan terrible prodigar el perfeccionamiento de la persona, que la gente busque ser lo mejor en lo que se proponga, estudiar una carrera y ser un profesional impecable, escalar en la sociedad para ser el mejor a través del reconocimiento (y la envidia) de sus pares. El problema surge justo ahí, porque el “mejor” por antonomasia solo puede ser uno, y la gente no parece notar que se sumerge en un absurdo juego del rey de la montaña, donde solo uno puede estar arriba y pisoteará, pateará escupirá a los aspirantes hasta que uno más hábil o más astuto lo agarre de la pierna y lo derribe para ocupar su lugar. El bucle de esta historia es evidente.

     No todos podemos ser “el mejor” y esas pegajosas canciones y programas no nos enseñaron cómo lidiar con la posibilidad de no lograr serlo, como enfrentar la engañosa idea de la universidad, por ejemplo, y la falacia de ésta  como fuente de la movilidad social, ya que un título no garantiza impermeabilizarse de la posibilidad de terminar trabajando por los mismos trescientos mil pesos a los que hubiera aspirado sin los cinco años de carrera y los quince millones de pesos en deudas bancarias. No se nos dijo que existía una posibilidad importante de que no fuéramos como Alexis Sánchez para el fútbol, escribiéramos como, ni haríamos negocios como Rockefeller. Nadie nos preparó para el fracaso.

     Esa es la maldición de nuestra generación: miles de personas frustradas ante la promesa incumplida de éxito y absortas en la necesidad de aprobación del entorno, haciendo oídos sordos a nuestras propias habilidades en pos del reconocimiento, y nos sentimos desesperados por esa búsqueda de ser los mejores sin la mayoría de las veces conseguirlo, generando el sedimento del resentimiento, la intolerancia, explosiones violentas y ese concepto tan chileno como lo es el “chaqueteo”, dado que nos sentimos menos e incapaces de conseguir nuestras propias metas, metemos mano del reproche y el ninguneo de cualquier persona que parezca medianamente feliz, nos gane un trabajo o nos venza en un inane juego, porque creemos que no lo merece, que tuvo una ayuda injusta para conseguir un objetivo y que nuestros méritos son excepcionalmente superiores y que aun así permanecemos desprovistos de esa dulce miel del triunfo.

     En definitiva, hijos de la sociedad de los “mejores” hemos olvidado el valor de ser buenos, solo uno puede ser el mejor pero muchos, incluso todos pueden ser bueno en algo, para eso es sano cultivar aficiones, pasatiempos, no poner todos los huevos en la misma canasta, porque si fallamos en la única cosa que hacemos, nos sumergiremos en una depresión absurda y poderosa, esa que es transversal casi a todos los jóvenes que ven con miedo cada día que pasa sin un diploma o una medalla, inseguros y cerrados a cualquier posibilidad de hacer algo nuevo porque temen no ser “mejores que nadie más”, privándose de disfrutar ese descubrir del mundo, concediéndole a nuestros modelos el habernos convertido en personas reprimidas por el miedo a equivocarse y lejos de tener la sonrisa amplia que tiene Ash tras perder en cada liga: nosotros solo sentimos rabia.