Cooperar versus competir: un preludio a la crisis de la colusión.

   Hemos sido educados en el nido de la competencia, programados como predadores que rastrean y dan casa a una presa escasa y escurridiza, cuyo sabor está destinado solo a quien deje atrás al resto: el éxito.

   Esta precaria visión del éxito basado en lo que podríamos denominar “el efecto del rey de la montaña”, pues solo uno puede estar en la cima, ha convertido nuestra sociedad en un cubil de hipócritas y oportunistas anhelantes de la posibilidad de hincarle el diente a tan esquiva gacela.

   No obstante, desde tiempos inmemoriales muchas corrientes han planteado la cooperación como un motor esencial del desarrollo humano. A la luz de nuestros orígenes evolutivos como mamíferos gregarios, pasando por la polis, hasta llegar a los más sofisticados constructos corporativos de vanguardia, que pretenden alejarse de la voracidad imperante para generar espacios más amables con quienes comparten un entorno social. Pero ésta no es la regla general, seguimos olvidando el factor colaborativo en pos de la refriega permanente y son estos aspectos quienes colisionan constantemente y nos empujan a decidir por un camino u otro según las circunstancias.

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   La causa de este olvido es la concepción neoliberal de la competencia como motor del progreso y la eficiencia económica, promovida en nuestras escuelas o programas televisivos en que se reza que los mercados se autoregulan y la oferta y demanda son el abecé de la fórmula perfecta para la paz social.

   Ahora bien, desde el conocido dilema del prisionero, en que la colaboración – en desmedro de la codicia – permite un beneficio general y constante para todos los involucrados, hasta visiones académicas de renombre como la “sociedad gilánica” de Riane Eisler y los postulados de la Escuela Matríztica encabezada por el Dr. Humberto Maturana, han sostenido que la cooperación es la única vía – o al menos la más eficaz a la larga – para que nuestra especie pueda progresar y en definitiva, salvarse.

   Curiosamente, la conclusión tras la sencilla contextualización del problema propuesto en el título se defiende por aquellos que en sus seminarios desprecian la colaboración (cuando involucra a personas ajenas a sus reductos ejecutivos) como si ésta fuera el sumidero de una cofradía de holgazanes: los grandes empresarios chilenos. Éstos, que lejos de desgastarse en competir y dejar que la fórmula mágica del mercado, impuesta al resto dogmáticamente, opere, deciden cooperar entre ellos de forma hipócrita y violenta. Se coluden y maximizan sus ganancias despojando a la gente del principal beneficio que el mercado debía proveer, que era un precio “competitivo”, en uno de los más morbosos ejemplos de colaboración y que, a la larga, a pesar de los juicios que se siguen en su contra, se ha demostrado que la colaboración es sin lugar a dudas, mejor que la competencia.

   Finalmente, la lección que podemos extraer es que hacer caso a las mentes que promueven la colaboración no es afiliarse a ningún tipo de hipismo ni posmoderno e inane club, sino un arma que como sociedad debemos implementar, sobre todo entre los más desprotegidos  vulnerables, para encontrar el soporte mutuo un camino a mejorar nuestras condiciones de vida y no perpetuar una lucha de gladiadores en que los césares corporativos vean como nos despedazamos en batalla de los curriculums mientras ellos comparten los beneficios de su doble estándar.

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¿Quién vigila a los vigilantes? Segunda parte: Inmunodeficiencia económica adquirida

 

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“En el tercer mundo hay muchos niños y poco combustible fósil… algo habrá que quemar”

Grant Morrison, Los Invisibles.

Si usted se espantó con el epígrafe (sinceramente espero que así sea) debería preguntarse cuántas veces ha escuchado y asentido ante la afirmación “hay que hacer sacrificios por el progreso”. Puede que la frase le parezca natural y hasta obvia y si lo invito nuevamente al epígrafe podemos preguntarnos ¿dónde ponemos el límite a ese sacrificio?

En la segunda versión de esta serie de columnas pretendemos abordar la economía y quienes la controlan, tomando decisiones que inciden directamente en nuestra forma de vida, no solo en los productos que ofrecen, que suelen volverse rápidamente “necesidades” imperiosas de personas ávidas de identidad y sentido, sino aquellos grupos que amasan el modelo económico. Por eso mismo pido disculpas si mi fraseo toca más de una vez la realidad política que, aunque de ella pretendo hablar en una próxima edición, a veces la línea que separa estos mundos es bastante difusa.

La economía es lo más parecido a un “alma” que tiene la cultura occidental. De hecho casi la convierte en un ser vivo, con sus flujos de dinero y bienes, sus grandes venas; sus recesiones, crecimientos, estabilidades y crisis que son la salud de este proyecto emprendido hace ya varios siglos entre el vapor de la revolución industrial. El problema dentro de este gran animal está en su sistema inmunológico, los acuerdos, la regulación y la fiscalización, todas herramientas dedicadas a proteger el sistema económico de los elementos abusivos y desestabilizadores que según hemos visto en el último tiempo, ha mostrado fallas en todo occidente, llegando a los límites de la inmunodeficiencia.

Si uno asumía que la libre competencia permitía que el mercado se autorregulara, tal como fervientemente el señor Milton Friedman prodigaba en sus discursos, el caso de la colusión de las farmacias echó por tierra tan bondadosos augurios. La gente vio como aquellas grandes empresas, luego de dejar en peligro de extinción a las farmacias de barrio, decidieron fijar de común acuerdo precios absolutamente irrisorios a sus productos y dado que no había competencia real frente a estos titanes, la gente compraba al precio que se les impusiera, pues era su salud la que estaba en juego, siendo tal vez esto último lo que causó más repudio entre los afectados. Y sobre ello, las multas ridículas, que terminan siendo un incentivo a las malas prácticas si consideramos los dividendos exponencialmente superiores obtenidos por los coludidos, parecen ser uno de los muchos síntomas de la enfermedad que apuntamos anteriormente, sobre todo porque aún “destapándose la olla” en silencio y con el rabo entre las piernas hubo que seguir comprándoles porque las alternativas habían quebrado hace años. Los costos del progreso.

Luego vino el turno del retail. Casos como el de La Polar o el más reciente Cencosud que llenaron los titulares y de los que se escribieron cientos de columnas que solo hablaban de lo que era más o menos inevitable: si no se pone el cascabel al gato, éste siempre robará la comida. Vemos cómo ante la guardia baja de la gente en el control de sus cuentas y del Estado a la hora de vigilarlas, se pasaron cobros indebidos que trajeron nuevamente la decepción sobre estos que nos ofrecían “llegar y llevar”, que “la felicidad cueste menos” y otras consignas varias que apuntan a lo preocupados que están de sus clientes. Seamos sinceros, nadie espera que los empresarios sean filántropos, pero se espera la honestidad mínima para darle al sistema ese aire de reciprocidad que se nos ofrece en los comerciales. A todos les molesta (o debería molestarles) sentirse una vaca ordeñada hasta el raquitismo por juntas de accionistas implacables a la hora de aprovechar la ignorancia de sus usuarios.

A continuación viene el caso Banco Estado, ese que se suponía era de todos los chilenos, con su patito bonachón que siempre aparecía a salvar al necesitado ofreciendo los mejores “creditazos”. Ya parecía anómalo que las becas de los universitarios llegaran con trescientos pesos menos por culpa del costo del giro en la cuenta RUT, pero de ahí a todo el escándalo que se presentó por los cobros excesivos, eso es otra cosa. Y cuando las denuncias comenzaron a salir, cuando la Corte Suprema se pronunció y los parlamentarios señalaron que se consideraban insuficientes las facultades de la Superintendencia de Bancos e Instituciones financieras para lidiar con situaciones como ésta, aparece el señor Jorge Awad, presidente de la asociación de bancos diciendo “No voy a aceptar que se siga jugando con el prestigio y los valores de la banca” como si de una amenaza se tratase o fueran imputaciones antojadizas. A pesar de las declaraciones en que Awad decía que no existían abusos de parte de los bancos, hace un par de días Banco Estado se allanó a devolver los dineros cobrados injustamente, devolver qué dineros ¿no era que no había ningún cobro abusivo?

Pero de todos los casos, el que parece más perturbador es el escándalo de la diputada Isasi, en que una empresa, Corpesca, vinculada directamente a la ley de pesca aprobada hace tan poco tiempo después de una difícil discusión en el Congreso, entregó una suma de varios millones de pesos a la diputada, quien confirmó la situación bajo la excusa de que el monto que recibió fue considerablemente menor. Agentes de Corpesca entraban a las reuniones privadas de la comisión encargada del proyecto en calidad de asesores de Isasi por lo que tuvieron una extraña pero directa participación en la aprobación de la norma calificada por algunos como funesta. Lo grave acá no es el monto de la donación, coima, diezmo o como se quiera llamarlo sino lo que esta situación representa: la incertidumbre de saber para quién se legisla hoy en Chile, para quien da el voto, o el hombre del maletín brillante que llega a las reuniones a plantear el poderoso argumento del “incentivo económico” para imponer sus intereses a los de los supuestos representados por el poder legislativo.

Y ahora volvemos a la sensación de vulnerabilidad, vemos a muchos privados desbandados, cobrando lo que quieren, cuando quieren y a quién quieren pues la posibilidad de defensa es casi nula del consumidor desinformado y atorado en una rutina de consumo que lo fuerza a endeudarse, un Estado incapaz de frenar los abusos con una fiscalización escasa, una capacidad de ejecución limitada (basta ver las facultades del SERNAC) y una legislación amenazada por la intromisión de la mafia lobbysta que busca moldear la ley a conveniencia. En síntesis, lo más cercano al SIDA que puede padecer una economía.

Será que estamos hilando muy fino, pidiendo mucho, como dijo hace unos días el empresario Sven Von Appen, que los chilenos se están volviendo hambrientos, que las buenas cifras económicas nos están llevando a ponernos cómodos y a exigir más de lo que merecemos, o simplemente nos estamos haciendo más preguntas y aspiramos a encontrarnos con un país en el que todos ganen, en que el banquero cobre sus intereses, el empresario obtenga sus ganancias y que la gente común pueda dormir tranquila sabiendo que la Redcompra no viene envenenada.

Entonces cuál es el límite a la paciencia de la gente en miras a las necesidades de una economía emergente, cuando se mira cada mes las boletas llenas de detalles sospechosos, contratos en un lenguaje indescifrable y comerciales que nos hacen sentir obsoletos en cuanto llegamos con nuestro producto nuevo a casa: ¿esperaremos a que la inmunodeficiencia de los fiscalizadores y legisladores se presenten en una situación tan absurda como la del epígrafe? ¿Solo ahí miraremos al techo  preguntándonos quién vigila a los vigilantes?

 

*Publicado en Revista Nuevo Distrito el 22 de mayo de 2013