Ley a la carta: “dibujando un Chile más corrupto”.

 

 

   El año 2013 cuando Longueira iba por el sillón presidencial hizo un simpático spot animado en el que hablaba sobre la ética social y el intercambio de ideas para igualar las oportunidades de la gente.

   Hace unos meses en medio auge del caso Caval hizo eco su nombre y sus declaraciones arremetieron para señalar la tremenda infamia que era ser vinculado a un caso de corrupción como los que coleteaban (y aun lo hacen) al oficialismo.

   Hoy, con los antecedentes puestos sobre la mesa sobre los intercambios de correos entre Longueira y Contesse – ex gerente de SQM – en que el segundo remitía al primero un párrafo completo para ser incluido en una ley de royalty minero, no solo una sugerencia, sino el párrafo completo, redactado y afinado, el cual fue ingresado al Congreso donde finalmente se aprobó, dejan en evidencia una de las más morbosas vulneraciones al Estado de Derecho, en que los poderes que componen la fuerza de un país, son eviscerados por la corrupción, el dinero y el total desprecio por las personas que día a día sostienen con su trabajo los ejes de nuestra sociedad.

Longueira

Así, estos atentados al país de parte de quienes otrora rasgan vestiduras y promueven penas más altas para los “delincuentes”, que les encantaría que las policías tengan las atribuciones de derribar las puertas de los sospechosos de cometer los delitos más inanes, y que en realidad construyen fortunas e influencias a costa de una democracia que se vuelve inverosímil e inviable, se convierten en un “portonazo institucional” que no solo nos quita el vehículo de la democracia que pretendemos manejar en paz en las calles de una sociedad más igualitaria, sino que somos burlados y golpeados con la alevosía de quienes saben que no tendremos luego policía a la que recurrir, porque los llamados a ser los catalizadores de esa supervigilancia son ellos mismos. Lo que hace resurgir la pregunta ¿quién vigila a los vigilantes?

   Ahora es el momento en que la necesidad de una verdadera “mano dura” se hace patente, cuando la impunidad no es opción pues, aunque para la ley no hay conclusión apresurada que valga (y curiosamente Larraín prefiere llamar en este caso a la prudencia), cuando el poder legislativo padece de tal brecha solo queda el criterio de las personas para enfrentarse al veneno de la corrupción que rebosa en las bases de nuestra institucionalidad. De otro modo, cualquier pretensión de una sociedad de iguales en dignidad y derechos se vuelve una ingenuidad inaceptable.

     Es en esta parte, en este delgado reducto de libertad en que nos toca decidir, no votar por los mismos, de plano no votar y manifestarse, o como tercera vía siempre está en nuestras manos volverse cómplice del abuso votando por alguno de los innumerables Longueiras que infestan las cúpulas de poder dibujando así “un Chile más corrupto”.

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