PUESTOS DE CONFIANZA Y LA APOLOGÍA A LA INOPERANCIA

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Como bien sabemos, hay determinados cargos públicos y jefaturas de servicios que dependen de la exclusiva confianza de algunos personeros políticos, y la importancia de estas funciones está dada por un profundo celo que éstos políticos deben tener a la hora de elegir a las personas más idóneas para cumplir los objetivos de dichos trabajos.

Lamentablemente, la regla general es que una vez más las instituciones son minadas por pobres criterios de elección, dado que la “Confianza” se malentiende en toda su amplitud. Un puesto de confianza debe ser elegido porque se confía en que la persona tiene las competencias necesarias para llevar adelante un trabajo de excelencia, no porque se confía en el sujeto para contarle un secreto o porque pertenece al mismo partido político. La confusión en estas razones – es preferible pensar que se debe a confusiones que a elecciones libremente negligentes – es lo que motiva a que prolifere la falta de habilidades en puestos que son claves para el desarrollo de las comunas y las regiones.

La crítica no es gratuita, y para comprender el fenómeno debemos tomar en cuenta las motivaciones de elección de los puestos de confianza, por ejemplo ser moneda de cambio para pagar favores políticos; tributos de las alianzas entre partidos que se unen para elegir un candidato que acomode a los miembros de la alianza; salvar la cabeza de alguien que ha cometido un error garrafal y para ocultarlo se les traslada a un puesto de confianza en otra comuna, a mi juicio la peor de todas las motivaciones; o simplemente el clásico y despreciable uso del “pituto”. Si esto lo sumamos a que el área de competencia de muchos elegidos ni siquiera se acerca a las funciones que tienen que desempeñar, por ejemplo, un profesor de historia encargado de un departamento de salud, o un doctor en un departamento de educación, nos damos cuenta que cada vez que se reformulan estos estamentos hay que partir de cero y no porque el nuevo “jefe” traiga novedosas formas de enfrentar los problemas de las instituciones, sino porque hay que capacitarlo completamente en las funciones que tendrá que desempeñar y eso siempre será un ancla de retraso.

Para empeorar las cosas, la ineptitud en los puestos de confianza hace que los funcionarios que se desempeñan en los servicios en cuestión terminen siendo dirigidos torpemente en sus actividades, quienes muchas veces, tras años trabajando en base a conocimientos adquiridos por la experiencia y capacitaciones, se sienten confundidos, presionados y estresados por decisiones poco prácticas o de plano ridículas, ya que se confunde adaptación con capricho y como a pesar de aquello son los jefes, poco o nada se puede hacer para frenar el desmembramiento de las dinámicas de trabajo.

La solución no es fácil para encontrar una salida a la desbordante ineficacia encontrada como regla general – pues bien sabemos que generalizar no es sano – nos quedan solo dos vías, la primera es hacer el llamado, aprovechando lo receptivos que pueden ser los candidatos en estas fechas, a proponer en sus equipos de trabajo personas capacitadas para enfrentar los desafíos de sus funciones, servirse de curriculums potentes, pero también de confianza en su capacidad ética, en su historial de desempeño, más allá de los números, la empatía con los funcionarios a su cargo, y todas esas habilidades blandas que sin ser requisitos formales, son de gran ayuda si esperamos mejorar el ejercicio de nuestras entidades políticas; mientras que la segunda, es el llamado a la ciudadanía, a exigir, a proponer y vigilar que sus candidatos, cualesquiera sean éstos, se muestren resueltos al proponer éstos equipos de trabajo, pues nadie puede gobernar o dirigir en soledad y mucho de los proyectos políticos que puedan parecernos interesantes a la hora de las campañas, no serán íntegramente realizado por quien sale en las fotografías de la propaganda, sino en gran parte por quienes estén detrás, por convicción o conveniencia para ser elegidos en los puestos de confianza.

La responsabilidad, como en todo ámbito político, es compartida entre quienes se postulan y entre quienes los eligen.

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