La sociedad del otro

Es interesante el fenómeno de cómo se desarrolla la coyuntura social en nuestro país. Hoy en día vemos como el patrón que siguen todas las demandas sociales están dados por una enajenación a la inevitable amalgama que constituye la fisiología de nuestro entorno cultural.

La visión que se prodiga es una suerte de segmentación en el catálogo social, algo así como un Mar Rojo dividido que deja en un lado a los delincuentes de la calle y por el otro a los corruptos de elegantes oficinas, quedando en medio y a merced de esto grupos “el honesto ciudadano”.

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Lo curioso es esta tendencia a construir un hombre de paja en “los otros” que contienen todo lo pérfido y nefasto para el país que queremos (bajo ese prisma de la otredad se supone que todos queremos lo mismo) y obviamos lo que en nuestra vereda, entre nuestros pares, genera la misma suspicacia.

Porque según parece no son ellos contra nosotros, sino que existe un nivel de fraude, cinismo y abuso a todas las escalas de nuestra sociedad, transgresiones que quedan delimitadas solamente por el poder de acción o la influencia que tiene el sujeto: El que emite boletas falsas para obtener ventajas monetarias, el que se realiza un autoatentado para cobrar un seguro aprovechándose de la tensión actual[1], el camionero que roba combustible a medias con el dependiente de la bomba de bencina, la pareja que finge una separación para obtener becas para los hijos, el colectivero que no le da el vuelto del pasaje a los niños pequeños, la mujer que simula un embarazo para adelantar la fila del banco, y así podría enumerar infinitas acciones que van desde los más claros delitos, hasta esos pequeños atentados a la decencia y que se convierten en el sumidero de la desconfianza y la desfachatez con que todos juzgan con la esperanza de no ser juzgados.

Lo más llamativo tras esto, es que todo el mundo va a tener una justificación para su actuar. El hombre que estafaba gente en el Paseo Ahumada con el pepito paga doble decía que “todos los días se levanta un idiota, mi trabajo es encontrarlo”. Entonces su actuar era validado por la inocencia de los transeúntes. Con su fraude cobraba una especie de impuesto a la estupidez. Y como él todos encuentran algo que atenúa o defiende su manera de actuar, pero así mismo y en una voltereta digna del mundial de gimnasia olímpica hacen imperdonables las fechorías de los demás.

Eso es lo curioso con la sociedad del otro, pedimos mano dura para los demás y nos justificamos a nosotros mismos, siempre somos el honesto ciudadano, aunque eduquemos a nuestros hijos replicando la misma hipocresía, las mismas mañas y “vivezas” que cuando el otro desenfunda en contra nuestra, nos preocupan y escandalizan.

Para ver más: ¿Quién vigila a los vigilantes?

[1] Primeros sentenciados por autotentados en la araucanía: http://www.emol.com/noticias/Nacional/2015/07/02/724151/Hallan-culpables-de-autoatentado-a-transpostistas-en-La-Araucania.html

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ATEÍSMO Y LA RÉPLICA A LA INTOLERANCIA

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“Elige bien a tus enemigos porque tarde o temprano, acabarás pareciéndote a ellos”.

 Jorge Luis Borges

    No creo en Dios. Muchas discusiones suelen iniciarse cuando alguien dice aquello y el devenir de la misma dependerá de cómo los contertulios enfrenten las posiciones (en caso de ser diversas) entre creyentes, ateos, agnósticos o escépticos. El punto en este caso es comprender que la tolerancia es un elemento sustancial para toda relación humana madura, y de la que se espera tener algo más que salivaciones excesivas y aspavientos que vuelvan cualquier intento de diálogo, un par de monólogos paralelos e infructuosos de personas que se niegan a escuchar al otro.

Cuando era adolescente, por ahí por los 15 me gustaba la música metal (aun me gusta pero ya no soy un metalero “practicante”) y como muchos a esa edad, vilipendiamos y consideramos estúpido, falto de carácter y en síntesis “una mierda de música” todo lo que no cuadrara con los estándares de mi estilo. Cuando crecí, me di cuenta de lo estúpido que debí verme profiriendo epítetos y burlándome de los regetoneros, de los emos, de los poperos y de cuanto “ero” se me atravesara, y curiosamente después de salir del dogma musical me di cuenta de que había música excelente en toda clase de estilos, desde Buena Vista Social Club hasta Megadeth.

Con los ateos “militantes” pasa algo parecido, pues si bien su intención muchas veces es comprensible, sobre todo cuando surge de la idea de que hay que racionalizar lo más posible a la humanidad para evitar la barbarie que surgió con las religiones como la homofobia o los abusos de poder y sacarlos del “error” (curiosamente era lo mismo que pensaban los religiosos al imponer su religión a los infieles bárbaros). Y se vuelve una instancia peligrosa cuando surge  la intención “evangelizadora” de muchos ateos.

“No idolatres a falsos dioses”

Esta frase perfectamente puede ser proferida por un musulmán o un protestante y también por un ateo, que ve en lo que despóticamente se ha llamado “adorar a un amigo imaginario” un insulto a la inteligencia humana que debe ser rápidamente erradicado, ya sea ridiculizando al contendor, o tratando de por todos los medios adscribirlo al ateísmo (tan insistentemente muchas veces como la desagradable actitud del Testigo de jehová que furiosamente cada fin de semana insiste en tu puerta aunque le hayas dicho millones de veces que no te interesa escucharlo).

En lo personal, creo que la religión es un tema más complejo que solo creer en un ser superior, hay gente que de verdad teme a un mundo desprovisto de sentido y si la idea de que exista un Dios le da consuelo, le brinda sentido y esperanza a un mundo que hoy por hoy es oscuro y violento a pesar de la ciencia y las buenas intenciones, me parece legítimo. Y por ello, así como he aprendido a ser tolerante con quienes escuchan un tipo de música distinto al mío y aprender de lo que los demás escuchan así también respeto a quienes profesan una creencia espiritual determinada (yo mismo tengo las propias) y estoy abierto a discutir si se da la instancia con aquellos que se oponen al matrimonio homosexual, al aborto o la eutanasia (todas cuestiones que considero necesarias) pero sin caer en el tedio de evangelizarlos, de someterlos a mi concepción del mundo para no caer en lo mismo que se ha considerado ofensivo de parte de las religiones – las persecuciones de los disidentes, las ridiculizaciones de científicos como Galileo, o la infravolación del individuo por su creencia “ah, ese debe ser un imbécil, si cree en amigos imaginarios – todas las corrientes absolutistas me parecen nefastas.

Creo firmemente en la dignidad humana y en que poco a poco podremos creer en nuestra voluntad y en que la bondad del hombre no dependa de un don divino, ni que obedezca al temor al castigo o la esperanza de retribución distinta que el bien común, pero para ello hay que predicar con el ejemplo, si queremos que aquellos anquilosados en sus “arcaicas creencias” sean tolerantes, debemos partir primero por tolerar la divergencia cultural, de pensamiento, de espiritualidad y no volvernos, en la condición de ateo, evangelizadores que a sangre y fuego logremos finalmente algún propósito (como si de militantes de una secta se tratara).

Finalmente, no concibo con ello tolerar cuestiones como la homofobia, la pedofilia encubierta por la iglesia y toda las archisabidas injusticias que se solapan al alero de las religiones, simplemente entender que si una señora le dice “que dios lo bendiga” lo tome como lo que es, un deseo bien intencionado y no un llamado a desplegar toda su retórica y habilidad argumental para dejarle en claro a la señora que es una imbécil y convertirse usted inmediatamente en uno.

Reforma a la ley de caza: Un nuevo caso de Activistas Confundidos.

Anoche tuve la oportunidad de ir a un festival en Valparaíso llamado Rockodromo, en él tocaron varias bandas, y todas ellas hicieron reivindicaciones a luchas ciudadanas y coyunturas que son el canon de la discusión en las redes sociales estos días, como el Caso Penta o la Ley de Aborto.

Me llamó la atención que las bandas Sinergia y Weichafe, hicieron alusión a la reforma de la ley de caza que autoriza la cacería de perros asilvestrados. “No a la caza de perros callejeros” decían y el público respondió con alaridos de aprobación al sutil pero determinante error en la consigna. Partiendo así con un nuevo caso de lo que llamo “activistas confundidos”.

Las redes sociales han facilitado la comunicación y la difusión de ideas que permiten a la gente formar parte y crear opinión de los procesos cívicos que afectan el día a día. Discutir la ley de pesca, termoeléctricas, corrupción entre otras es muy útil para tratar de controlar abusos y moldear una sociedad educada en los términos de lo que esperamos para nosotros y nuestros hijos. Pero la velocidad en que la información se mueve es un arma de doble filo que nos sumerge muchas  veces en el paradójico abismo de la ignorancia.

El problema de la viralización de la información es que es muy difícil verificar las fuentes y como en el juego del teléfono – en que el primer participante entrega un mensaje que se va deformando con cada persona que lo recibe – los datos se vuelven muy volubles a las imprecisiones y fácilmente uno puede quedar como idiota por repetir algo que es del todo razonable criticar, pero que finalmente no era de lo que se trataba el asunto. Como quien llega con un paquete de pañales a una despedida de solteros.

Eso fue lo que sucedió con el tema de la caza de perros. La modificación de la ley permitirá la captura y caza de perros asilvestrados los cuales son definidos como:

“Perros salvajes o bravíos, que se encuentren en jaurías, fuera de las zonas o áreas urbanas y de extensión urbana, a una distancia superior a los 400 metros de cualquier poblado o vivienda rural aislada, los que deberán capturarse o cazarse en los términos establecidos en la Ley y el presente reglamento”.

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Esto, claramente hace alusión a las jaurías de perros que recorren los campos matando sin distinguir entre animales salvajes, domésticos e incluso a algunos que están en peligro de extinción, lo que hace necesario su control del mismo modo en que se controlan jabalíes, conejos y otras especies introducidas y dañinas que la ley señala[1]. Todo esto sin amenazar de modo alguno al querido kiltro que deambula por las calles comiendo restos de completos y dormitando en las esquinas junto a lo kioscos.

Aun así las redes sociales se repletaron de consignas, memes y llamados a boicotear la ley. En un nuevo caso de activismo confundido que repite sin meditar la consigna de moda para oponerse al problema de turno. Haciendo gala en primer lugar de una profunda ignorancia del problema de las especies introducidas que amenaza las especies nativas  y en segundo de un serio problema de cinismo pues aun si se tratara de los perros callejeros se aboga por ellos por la semana que dura el tema en la palestra, se exige del gobierno un desarrollo de políticas para educar a la gente sobre la tenencia responsable de mascotas, albergues y campañas cuando rara vez esterilizan a sus mascotas, adoptado un animal callejero o al menos donado para las instituciones que velan por los intereses de estos animales vulnerables.

El corolario es simplemente la necesidad de pensar antes de repetir una consigna, verificar cuál es el problema de fondo tras el llamado de atención, formarse una opinión y no un prejuicio y conforme a ellos discutir los temas. Evitar así mismo el cinismo, el falso interés por lo políticamente correcto lo que diferencia a un activista de cartón de un ciudadano responsable y de paso evitar quedar como weón por andar demasiado perdido el mágico mundo de los trending topics.

[1]  Para más información ver la declaración pública de la Facultad de Ciencias Veterinaria y Pecuarias de la Universidad de Chile: http://tinyurl.com/nhpvl6r

Tarde en el Santa lucía

La quietud de aquella tarde sólo la interrumpieron sus pasos. Era la figura más encantadora que jamás pude ver; facciones delicadas y extremadamente simétricas; mirada penetrante y profunda; sus pechos, delicados y turgentes, ceñidos solamente por su piel oscura y lisa. A pesar de su estatura, dibujaba el aire al ritmo de sus pronunciadas caderas.

Podría jurar que jamás le hubiese temido a su extraña desnudez al pasar junto a mí, si al mirar hacia el lado, no me hubiese percatado – no sin un escalofrío sobrecogedor –  que la Anfitrite de la fuente ya no estaba junto a Poseidón.

SAMSARA

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          La naturaleza es violenta. No reconoce el dolor o la fragilidad del hombre y su consciencia, omnia mutantur nihil interit. La psique humana se empapa de su entorno y convierte en herramientas sus condiciones y no al revés. Somos gotas de rocío en una mañana que no será eterna, pasaremos a formar parte de la atmosfera casi sin darnos cuenta, parte del cielo, como si de verdad fuéramos almas, como si nuestra consciencia existiera, como si de verdad fuera importante todo lo que hacemos.

          Algunos se abandonan al dolor, a la crueldad. Tanto miedo y tanto odio por nosotros mismos nos llevan a aceptar y perseguir la angustia y el padecimiento, a disfrutar con lo grotesco porque nos sentimos parte de esa misma miseria que es el lado oscuro de la mente humana.

          Pero la belleza es igual de potente, la magnitud de la existencia, de la cual somos parte, minúscula pero necesaria, inalienable: una vez estábamos todos juntos, una sola alma y una sola carne, el huevo cósmico fuimos y luego nacimos, somos hermanos de las estrellas y de las lágrimas, del sol y de la sangre, somos el universo, no un ente distinto.

          Abraza el dolor entendiendo que es solo una etapa, abraza la alegría sabiendo que se irá de pronto. Vive el invierno y el verano de tu vida sin temor, que ambos volverán en ciclos irrefrenables y al final de los días, no será el final, porque no solo la materia de la que estamos hechos volverá a la tierra, nuestra propia experiencia se extenderá en los genes de nuestra especie.

(reflexión aleatoria al ver el documental homónimo)

DE VUELTA A LA CAJA

…When dogma enters the brain, all intellectual activity ceases.” 

Robert Anton Wilson

 

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– …y porque la educación nos pertenece, no cederemos – hizo una pausa calculada en que levantó los ojos a la profundidad del público tomando aliento lentamente –  ¡lucharemos por nosotros y los que vendrán! – dijo el joven y se levantó del estrado entre vítores y aplausos ensordecedores.

   Los ojos vigilantes restañaban una humedad esperanzadora, desde que creyó en los cambios sociales, desde que Bakunin y Freire iluminaron su adolescencia vio con frustración quemarse camionadas de ideas sobre cambios sociales, sobre justicias y libertades vaporosas.

   El anarquismo le llenó de la desbordante sed de organización y las valoraciones entrañables de la autogestión y el desarrollo localista, respetuoso de su gente, de las etnias y esos vástagos culturales que poco a poco se iban aplastando, agonizando de hamburguesas y olvidados bajo pósters de rostros carentes de identidad, propio de las estrellas Disney.

   Recordando viejas glorias, a Marcos y Chiapas, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, la dignidad del indígena y del campesino, revolcadas otrora por los burócratas burgueses, hoy reivindicadas por la insurrección del esclavo liberado. Su juventud revolucionaria despegaba como reminiscencia desbordante. A su mente galopaban los días que en su propio país vio caer al dictador, y un pueblo asustado que engordó desidioso en esa victoria nominal. Se constreñía de emoción su vientre. Salió del gimnasio del colegio con una leve sonrisa, pero más sincera y ardorosa que muchas de las carcajadas que regaló a sus amigos los últimos años, el frío de la tarde era lejano, delicioso.

   Hacía tiempo que no se levantaba con tanto ímpetu para partir al trabajo, ese día abrió el kiosco media hora antes de lo habitual y dispuso no solo los periódicos locales, que eran los únicos que llegaban temprano a los estantes, dado que en las ciudades pequeñas los de circulación nacional no aparecían antes de las diez. Situó junto a su pequeño local de metal una mesita y los inofensivos títulos escolares de siempre sobre ella, pero tomó la precaución de intercalar de forma precisa algunos pasquines y ejemplares de literatura política, esos que le daban espaldarazos de ímpetu juvenil y, que aunque escasos, estaba dispuesto a vender, más gente debía leerlos.

   Pensaba en la apariencia del estudiante de cuarto medio, que se presentó como líder estudiantil en el foro al que invitaron a la ciudadanía del pequeño pueblo, su perfil no era gallardo ni estoico como la imposta de los héroes antiguos, esos en cuyo talante nunca es mencionado el metro y cincuenta centímetros de altura, o las espinillas en la cara, menos aún el mal aliento que probablemente tenían. Aún así no era la imagen la importante, sino las ideas. Bien sabía que incluso la imagen podría ser un arma de evanescencia, recordaba aún la imagen vívida de pasar por una procesión religiosa buscando libros para el kiosco, cuando pendiendo del muro una polera con la imagen del Che era comentada por unos chicos que regateaban el precio y que al conseguir la prenda exclamaban extasiados “qué buena, ahora puro me falta la de Jim Morrison”. La anónima y ubicua presencia del subcomandante era más eficiente al paso del tiempo, dolía en el alma la prostitución de las imágenes, hacía eco el corolario.

– Buenas, me da una Cuarta porfa – le dijo un señor sacándolo de la lejanía de su dialéctica doméstica.

– No me ha llegado todavía, tengo el diario de acá nomás – contestó sacudiéndose las ideas matutinas – pero si viene como a las once, está.

– Bueno, a la vuelta entonces – dijo sin muestra de molestia alguna.

– Chao – se despidió. No respondieron.

   Terminó de acomodar los diarios y esperaría que lleguen los de más tarde mirando de reojo los libros que se vendían lento, siempre los mismos, los colegios eran la causa casi única, ya ni se molestaba en exhibir libros más complejos, más ajenos a lo estrictamente académico, sabía que en el mejor de los casos volverían por Cien años de soledad y se irían frustrados por los cuatro mil pesos que costaba su ejemplar usado, parecía que era una cantidad de dinero demencial para gastarla en papel.

   La mañana pasaba lenta entre las noticias de la radio y la de los diarios que al fin iban llegando y uno que otro que se iba vendiendo entre bromas y conversaciones con los conocidos. “Los jóvenes han tomado una veintena de colegios y liceos en la región metropolitana y se ha ido extendiendo el movimiento estudiantil a las regiones. Tienen el lucro y la calidad de la educación como puntos vertebrales de sus peticiones”. Al haber escuchado el titular con una seria y ágil voz femenina en la radio crepitante, volvió a cavilar con el rostro del joven. Era a esta ciudad perdida a la que estaban llegando las ideas progresistas, el terror del capital se hacía realidad en las aulas y las multicanchas, los chicos eran quienes tuvieron el valor de pedir su educación y el pueblito no era la excepción, este lugar que siempre había sido al revés, la aridez en medio del exuberante oasis, que mientras las comunas vecinas estimulaban el teatro y la pintura, acá se escandalizaban en las ferias del libro al ver en los mesones colecciones de periódicos de sátira política, por lo que estas actividades se hallaban ahora vetadas, “no quiero saber na’ con los libros” fue la síntesis perfecta de su última visita al municipio. Al fin, no era esta ciudad excepción ninguna. Se relamía la comisura de los labios pensando en el apoyo incondicional que merecía esta causa, sin miramientos, sin transar, pensaba sin notar que mientras lo hacía sacaba más libros de las cajas y los iba apretando junto a los otros, Faulkner y Rimbaud aparecían entre Verónika decide morir, los Papeluchos y El  niño que enloqueció de amor.

   La tarde pasó con rítmica rutina y los diarios por suerte estaban ya todos vendidos. No tenía que ver el reloj para saber que eran las seis, los primeros uniformes llegaban al kiosco a comprar coyacs y chicles, la mayoría de risueñas escolares que caminaban a la plaza a conversar y dar vueltas.

   Lo vio venir con su nariz aguileña y buzo burdeo del colegio, se acercaba a paso lento y venía sin compañía, por un momento no pensó que se dirigía hacía él salvo cuando levantó la vista y lo saludó sin ceremonias, trasluciendo entre la mano alzada unas uñas sucias y mordisqueadas, el las vio como la evocación del antiguo obrero, el proletario que luchaba, ajeno a las trivialidades de la estética.

– Hola – respondió el hombre intuyendo una conversación interesante ad portas – te vi ayer en el foro, me gustó el discurso, esperemos que todo salga bien. No está demás decir que cualquier cosa que necesiten, consejos y esas cosas, cuenta conmigo, soy más viejo y ya he estado en estas lides antes.

– Muchas gracias – dijo sonriente – es bueno que la gente de a poco vaya prendiendo con la idea, la educación tiene que ser gratis, obvio.

– Gratis, pero sobre todo, buena – corrigió sin displicencia.

– Claro, por supuesto. Esperemos que se nos unan los mapuches y los trabajadores. Tenemos que ser muchos.

– Cuando las ideas son buenas, la gente llega sola – dijo el kiosquero, no sin cierta satisfacción al ver el rostro juvenil que le observaba hasta con cierto ápice de admiración, o quizá era lo que a él le hubiera gustado creer.

– Fue un gusto conocerlo caballero, ojalá lo veamos en las marchas.

– Sin duda, cuídate – se despidió con una sonrisa y no pudo sino ver en el paso ligero del delgado joven un bucle de entelequias y axiomas que reverberaban de sus libros, de sus días pasados, de los miguelitos, de los rayados, de la anarkía, la revolución y la historia que en personas tan diminutas y frágiles como el niño aquel era marcada a fuego, los pueblos pequeños y sus hijos, los grandes escribas del porvenir.

– Oiga se me olvidó – dijo el muchacho – yo le venía a preguntar algo.

– Dime, qué cosa – contestó con una curiosidad inefable, recordando la conversación profunda e inminente que esperaba y de nuevo las entrañas comenzaban a comprimirle de emoción.

– ¿Usted vende resúmenes de libros?

– ¿Cómo resúmenes? – su cara de insufló de un ardor desconocido, sus mejillas se arrebolaban ante la pregunta que lo desconcertaba. – Yo vendo libros, no me insultes – terminó diciendo medio en broma, medio enserio con una mueca parecida a una sonrisa.

– Es que me da paja leer.

   Se apresuró a pensar qué estaba oyendo, de pronto se le vino a la mente la idea de que podría ser algún libro realmente aburrido y tedioso, recordó al Martín Rivas que estuvo obligado a leer para su desagrado aquellos años. Era eso, un libraco tedioso, así que nuevamente se atrevió a ahondar.

– No, no tengo resúmenes, pero ¿qué tienes que leer?

El principito – contestó con una naturalidad eviscerante para la cara roja del kiosquero que contrastaba con el verde kiosco.

– ¿Pero cómo? – dijo desbocado el señor mirando los últimos dos diarios que tras el muchacho colgaban y que antes no había notado.

– Es que ya lo leí – agregó el estudiante.

   Eso cambiaba las cosas, él ya lo había leído y justificaba exiguamente la búsqueda de un resumen, pero ya sentía enfado, eso era, ya se había enojado por lo que había dicho sobre la “paja” que le daba leer, de que en cuarto medio tuviera que leer El principito y que de cualquier forma, aunque eso no fuera su culpa sino del profesor, la imagen del chico en sí se estaba desbaratando exponencialmente, así que se atrevió a preguntar.

– Entonces ¿Qué son los Baobabs? – y se quedó mirándolo fijamente.

Ba-oh-bás – repitió lentamente y luego de dudar un instante con la cabeza levemente inclinada a la izquierda respondió: es un planeta.

– Ándate mejor – dijo cortante mientras el muchacho se alejaba luego de alzar los hombros en señal de indiferencia.

   Se sentía incordiado, estafado, furibundo, esperó impaciente los quince minutos que tardaron en venderse los dos diarios que quedaban y cerró, guardando antes que nada todos los pasquines y los libros ventilados ese día, que por supuesto no vendió, en sus cajas de las que sabía no saldrían, y de volver a hacerlo no sería sino en un buen tiempo.

   Se sentó en la cama pensando en Jim Morrison y el Che, en Marcos y su pasamontañas cuyo olor a tabaco y humedad impregnados se hizo denso y vívido, sintió asco, no leyó y apagó la luz con indiferencia. Su señora veía televisión distante y él se ahogaba en el sueño confuso, con la única certeza que mañana abriría media hora más tarde.

Canción de Jazz

           

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           Los aplausos demostraban que la gente estaba expectante, los músicos tomaban posición y dejaban correr algunas notas sueltas que impacientaban un poco al público. Sobre todo él que siempre ha sido algo nervioso y la paciencia nunca fue su estrella.

 

            La chica del cabello largo abrazaba a su novio de pie en la pared del bar, no había mesas para todos pero no importaba, las personas querían oír al cuarteto, después de todo era todos unos chicos talentosos por si solos, lo que hacía muy prometedora la unión de dichos talentos. Él estaba sólo en la mesa, pues el jazz no apasionaba a muchos de sus amigos y quería perderse en la música, cosa que al no tener con quien hablar se hacía increíblemente fácil.

 

            El saxofonista saludó al público y presentó rápidamente los términos del evento, y con ello comenzó a salir tímidamente el fresco riachuelo de la improvisación. La gente guardaba silencio y la chica del cabello largo empezaba a marcar el paso y apretaba la mano de su novio que pasaba sobre su hombro.

 

            Él se sumergió en la música con los ojos cerrados, no quería mirar a los músicos cuyas manos envidiaba solo por no haber podido nunca aprender a tocar. Aun así la música le había apasionado desde siempre. Particular atención le daba el talento de los dedos que acariciaban el contrabajo, su instrumento favorito.

 

            Abrió lentamente los ojos y se perdió en el  público, miró de soslayo a la gente y sus caras extasiadas por la cabalgata del piano que sonaba como una brisa fragante y exquisita, mientras la chica del cabello largo miraba también de reojo a los asistentes. Ambos como faros guiando por las notas del saxo se encontraron, sus miradas desembocaron azarosamente la una sobre la otra y se incrustaron, como un caprichoso rompecabezas que con el sonido de la batería se calzara a si mismo por el solo hecho de arrojar las piezas sobre la mesa.

 

            Y se observaron, los ojos se movían como pequeñas serpientes deslizándose sobre el cuerpo, bajaban y rodeaban el cuello al ritmo de Coltrane, seguían por el pecho y volvían a subir, la cola de la serpiente de él acaricio sutilmente los labios de ella a lo que la chica del cabello largo respondió con un breve beso etéreo, que viajó por el puente del contrabajo hasta sus labios y se depositó como una pluma sobre la boca la otra boca, que absorbía aquel beso extasiado y perdido en los ojos de la chica que aun al otro lado de la habitación marcaba el paso, él empezó a adorar su cuello y lo recorría a cada segundo acariciando con sus ojos cada espacio de su rostro, ella empezó a amarlo, su rostro algo infantil le producía una atracción musical, era como el ritmo y la armonía que se acicalaban mutuamente en un torbellino infinito que ascendía hasta la cúspide del solo de piano. El cuarteto ahora estaba seducido en su propia música y se dejaban llevar por el momento, la improvisación se hacía maravillosa, eran notas que caían y cual fénix furioso volvían, morían y volvían y se engastaban en los ojos de la chica del cabello largo que se enamoraba de él y quien la deseaba, recorría su cuerpo una y otra vez con los haces multicolores  que soplaban en la iluminación.

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De un momento a otro, la sombra a contraluz del saxofón y las velas de las mesas hacían una atmósfera sutil y aletargada, sensual y explosiva y ellos se devoraban a cuatro metros el uno del otro. Y la muchacha lo adoraba, no le importaba el brazo que rodeaba sus hombros, solo marcaba el paso y se mordía los labios mientras a él, a quien el abrazo del novio le importaba menos, deslizaba ahora su mirada sobre el pálido escote de la chica de los cabellos largos.

   

Las baquetas ahora marcaban un ritmo frenético, que indujo las ganas de cerrar los ojos de ambos quienes se tocaron mutuamente y abrazaron en el flujo del ritmo que abrasaba el pecho de ambos y los ligaba entre ascuas como una gran cinta y ellos abrían los ojos y se miraban, se besaban y se perdían entre las notas, los acordes del piano les vaciaba los pulmones y respiraban agitados, sus corazones latían veloces y el novio miro a su chica de los cabellos largos buscando un gesto, una seña de que ella estuviera pasándola bien. Ella no le miró un segundo siquiera, pues estaba amándose desde lejos con él y hacían el amor entre sus parpados y sus pestañas que acariciaban el sutil manantial de colorido sonido y explotaban de amor mientras el saxofonista cerraba sus ojos y doblaba su espalda como impulsado por el placer de abrazar la música y ellos sentían el placer de amarse en sus mentes babeantes de deleite  y narcotizadas.

 

Arrastrados por la cascada del piano y la ventisca del saxo, ella le sonrió y él algo parecido esbozó en sus labios, mientras agudizaba su mirada extasiado por el pequeño lunar que tenía junto al pómulo derecho, le acarició la mejilla con una sonrisa completa y ella le miró, recorrió sus hombros y rodeo su cuello, le besó mientras marcaba el paso aun y el daba un pequeño sorbo al coñac que olía increíble, olía a Parker, olía a la madera del contrabajo, a los ojos de la chica de los largos cabellos y se enredaba aun más en la cinta invisible que los unía y le hacia el amor desde su mesa y la veía mojar sus labios y sonreír y cerrar los ojos un momento como alcanzando la ribera del nirvana musical o del orgasmo, explorando las fronteras de la melodía que de pronto se calmaba y se extinguía, el fénix no volvió, la música se había apagado y él en su mesa sujetó su vaso y siguió explorando el bar con la mirada desinteresada mientras ella apretó nuevamente la mano de su novio y sonriendo sutilmente, le besó  los labios.